miércoles

INVESTIGACIÓN CLARIVIDENTE Y LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE
Geoffrey Hodson
Nuestro tema de esta tarde no puede por menos que tener el mayor interés y la máxima importancia para cada uno de los presentes; porque, ¿quién de entre nosotros no ha experimentado el dolor de la separación, quién no ha sentido el deseo de saber a donde han ido los que amamos, de saber algo de las condiciones de la vida después de la muerte, en la que han penetrado y en la que deberemos aventurarnos todos cuando nos llegue la hora, como inevitablemente debe suceder algún día? En estos trances de la vida humana es donde las enseñanzas teosóficas tienen un poder especial para consolar e iluminar. La Teosofía tiene el poder de consolar, porque afirma, del modo más categórico, que existe una vida más allá de la tumba, que únicamente muere el cuerpo, mientras que el hijo inmortal de Dios, el verdadero ser, sigue viviendo eternamente. La Teosofía reafirma la gran enseñanza de la Biblia que da la solución al problema de la vida después de la muerte en las palabras: “Dios creó al hombre para ser inmortal; a imagen de su propia eternidad Él lo creó”. Aquí, si podemos admitirlo, está la verdadera respuesta a la pregunta de si la vida continúa después de la muerte.
La Teosofía tiene además el poder de iluminar, porque enseña cómo el hombre puede conocer por sí mismo, viviendo aún en la tierra, las realidades de la vida más allá del sepulcro. Enseña que reside en el hombre una facultad por medio de la cual el velo que oculta el mundo invisible a nuestra mirada puede rasgarse, y los hechos y fenómenos de ese mundo, las condiciones de la vida en él, pueden verse, investigarse y comprenderse. Esta amplia visión que es un sexto sentido latente en la mayoría, despierto en pocos, se usará de una manera completamente normal y natural por las razas del porvenir. Cuando ahora se desarrolla y se usa con este propósito determinado, esta facultad capacita a su poseedor para hacer lo que más tarde harán las razas de la humanidad: explorar de primera mano y con una conciencia completamente despierta, los mundos de la vida después de la muerte, reunirse con sus moradores cara a cara y estudiar con científica precisión las condiciones bajo las cuales viven.
Todo esto es atractivo y, si es cierto, importante y exige que se considere con detenimiento. Pero mi tema de esta noche no es éste, por lo cual no puedo dedicarle el tiempo que merecería. Debo rogaros que aceptéis la existencia de esta facultad como una hipótesis susceptible de examen y comprobación a su debido tiempo, porque casi todas las enseñanzas teosóficas relativas a los mundos invisibles se obtienen utilizando esa visión tan amplia como un instrumento de investigación.
Si queréis admitir que existe semejante facultad —no el psiquismo negativo del médium en trance, sino el poder positivo y adiestrado bajo el dominio de la voluntad, lo mismo que lo es en la visión física— si queréis admitir eso, entonces aceptad conmigo que estamos en la habitación de un moribundo, mirando con los ojos la transición de este mundo al siguiente de alguien que muere de viejo o de enfermedad.
¿Qué veremos?
A medida que la hora de la muerte se aproxima, veremos que las fuerzas vitales del cuerpo se retiran de las extremidades y se centran en el corazón, y allí se hacen visibles como un resplandeciente foco de luz. Después de esto, la sensación en los miembros inferiores disminuye mucho. Luego, cuando la muerte se aproxima, las fuerzas vitales se retiran todavía más y se concentran en medio de la cabeza, en el tercer ventrículo del encéfalo, que es el centro de la conciencia del yo durante la vida física.
El moribundo puede aun tener o no conciencia física. Si está inconsciente, en el coma que precede a la muerte, será visible a la mirada clarividente, fuera del cuerpo y en su vehículo superfísico. Este vehículo está constituido por una materia mucho más sutil que nuestro éter y su contorno casi parece exactamente el cuerpo físico; en realidad es su duplicado. Difiere en apariencia del físico en que la materia de que está formado tiene luz propia, de suerte que brilla como si estuviera iluminado desde el interior, y lo rodea una atmósfera visible como luz que cambia continuamente de colores.
Estos colores del aura —como se denomina— corresponden a los estados de conciencia y se ven variar a cada cambio de sentimiento y de pensamiento. En realidad existe una verdadera ciencia a la cual puedo referirme incidentalmente: la ciencia de la correlación de los estados de conciencia con los colores del aura. Un impulso de simpatía hacia alguien que sufra o esté afligido, por ejemplo, tiene el aura de color verde; un esfuerzo intelectual la baña de amarillo. Esta habitación tiene ahora precisamente una gran cantidad de amarillo, que corresponde a la actividad intelectual. Ese color particular se localiza encima y detrás de la cabeza, y probablemente dio origen a la aureola de los santos, si bien en todos se manifiesta durante el proceso mental. El azul denota actividad devocional; el color lila, espiritualidad; el rosa tirando a carmesí, amor. El rojo es el color de la ira y de la irritabilidad; el pardo es el del egoísmo, y así sucesivamente. Como dejo dicho, estos colores son visibles a la vista del clarividente, de suerte que mirando las auras de las personas es posible decidir la clase de pensamientos y sentimientos que expresan habitualmente y descubrir así su carácter y temperamento. Como es natural, este poder no se utiliza, salvo con permiso y con fines de investigación.
De este modo el aura será visible alrededor de la persona que se está muriendo, la cual, físicamente inconsciente, se encuentra ahora fuera de su cuerpo físico, flotando precisamente encima y unida a él por una corriente de fuerzas que fluye del cuerpo y que brilla con una luz delicadamente plateada. Esta corriente va de la cabeza del cuerpo físico a la cabeza del superfísico, conectándolas; y mientras continúe fluyendo, siempre existe la posibilidad de un despertar físico; pero una vez que se ha roto, como en el momento de la muerte, no existe ya posibilidad alguna de volver. Todos los casos de aparentes resurrecciones, en realidad consisten tan sólo en que han despertado los individuos en los cuerpos que no estaban muertos.
El moribundo puede volver temporalmente a su cuerpo, y al abrir sus ojos puede ver alguno de los fenómenos del otro mundo, y referirse a personas que no estén presentes en sus cuerpos físicos. Cuando llega el verdadero momento de la muerte, se ve que el ‘cordón de plata’ se rompe y el individuo se eleva como si quedara libre de una gran atracción. Aunque no estoy absolutamente seguro, me inclino a creer que el momento exacto de la muerte para cada uno de nosotros está fijado, pero ya sea esto así o no, el momento llega, el cordón se rompe, el hombre queda libre de su cuerpo y ya no puede despertarse más en él. Entonces aparecen en él los signos de la muerte. Su labor ha terminado.
En casi todos los casos, el hombre es tan inconsciente de que muere como de que se duerme. Pasa, por así decirlo, en un abrir y cerrar de ojos, de este mundo al otro. Generalmente está ocupado en un proceso de revisión en el que los acontecimientos de la vida que acaba de terminar pasan ante los ojos de su mente en clara perspectiva; las causas y los efectos son correlativos, los éxitos y sus resultados, los fracasos y sus consecuencias. Este proceso de revisión es muy importante, porque de él se destila cierta sabiduría, el fruto de la vida recién terminada. Por esta razón debiéramos estar mental, emocional y físicamente serenos en la habitación del moribundo, a fin de no perturbar con un exceso de aflicción al ser querido en este importante proceso. Él vive ahora en un cuerpo más sutil, el cuerpo de los sentimientos, y por eso es mucho más sensible a las fuerzas del pensamiento y de la emoción. Nuestros pensamientos deberían dirigirse a él en forma de amor y bendición y deseándole progreso interno en los mundos invisibles, pero con calma y dominándose. En Teosofía se nos enseña a considerar, no tanto nuestra gran pérdida como el importante beneficio del que se va; pues beneficio importante es quedar libre del cuerpo físico y de sus limitaciones.
Cuando la revisión antedicha termina, generalmente sigue un período de completa inconsciencia que puede durar de 36 a 48 horas, según la persona. Después despierta en la nueva vida, y el hombre, con frecuencia todavía sin darse cuenta de lo que ha ocurrido, mira a su alrededor. En casi todos los casos, algún amigo o pariente le está esperando; o bien, si no tiene a nadie que le dé la bienvenida a la nueva vida, entonces algún miembro del gran grupo de servidores, cuyo trabajo es éste, sale a recibirlo. Estos servidores son miembros de un numeroso grupo muy bien preparado de auxiliadores, constituido para este trabajo particular de asistir a los recién llegados. Les explican las modalidades de la nueva vida y los ayudan a situarse en ella en la forma más conveniente posible. Pocos, si es que realmente existe alguno, entran en ese mundo sin una mano que les dé la bienvenida y les ayude en las primeras fases de la nueva vida.
¿Cuál será la naturaleza de esta nueva vida?
Sobre esta cuestión debo decir algo que acaso sea difícil de aceptar, pero, puesto que yo sé que es verdad y de gran importancia en nuestro estudio, tengo que exponerlo ante vosotros. Y es que el mundo al cual nuestros amigos han llegado y al que iremos todos nosotros cuando nos llegue la hora, no es ninguna tierra extraña, puesto que vamos allí cada noche mientras nuestro cuerpo físico duerme. Al sueño se le ha llamado con exactitud y veracidad, el hermano gemelo de la muerte. Podemos ir más allá y decir que es lo mismo, porque mientras el cuerpo físico duerme, nosotros estamos despiertos en el cuerpo que usaremos después de la muerte. Nuestros sueños son, en parte, los recuerdos confusos de nuestra vida en aquel mundo, que traemos al despertar. La diferencia entre el sueño y la muerte radica en el hecho de que en el sueño el ‘cordón de plata’ que nos une al cuerpo físico no está roto. En la muerte, el cordón se rompe, y como entonces no tenemos lazo alguno con el cuerpo físico, nos es imposible volver a él. No es, por tanto, un país extraño aquel en el que despertamos a la muerte del cuerpo físico, porque ya lo conocemos bien y, en muchos casos, tenemos allí nuestro sitio y nuestro trabajo.
El siguiente principio general que deseo exponer aquí es que las condiciones en las que una persona se encuentra después de la muerte dependen casi enteramente de su temperamento y de la clase de vida que ha llevado en el plano físico. Cada uno de nosotros vemos el mundo que nos rodea a través de las ventanas de nuestro propio temperamento. El individuo de naturaleza amable y alegre despierta después de la muerte en un mundo amable y alegre; mientras que el individuo melancólico, centrado en sí mismo puede despertar en un mundo apagado, melancólico y un tanto solitario, no porque ese mundo sea triste, sino porque el individuo centrado en sí mismo no inspira amistad, y es incapaz de darla. Felizmente, la pena del aburrimiento y del aislamiento que esos individuos se han creado inconscientemente los estimula a cambiar de actitud hacia la vida.
Al pasar ahora de la explicación general a la particular, la investigación clarividente revela en los recién llegados una tendencia a continuar en la nueva vida las formas sutilizadas de aquellas ocupaciones que más atractivo tuvieron para ellos en la tierra. Así, el investigador científico, cuyo ideal en la tierra era ir en pos de la verdad, se encuentra con que puede seguir buscando la verdad allí como aquí. Observa, además, que sus investigaciones son mucho más fructíferas allí que aquí, porque ha dejado el mundo de materia más densa, es consciente en una substancia mucho más sutil y está más cerca del mundo de las causas; y es en la conciencia superior y en el mundo de las causas donde moran la verdad y la comprensión. Se da cuenta de que muchos de los factores en la estructura de la materia y en la evolución, que antes se le ocultaban, ahora se le revelan objetivamente. Las leyes y las fuerzas bajo las cuales los átomos se combinan de cierta manera para formar las moléculas de los distintos elementos, el desarrollo de la célula desde el protoplasma de la célula simple al hombre, el gran misterio para el biólogo, se comprenden más claramente allí, porque la operación de la mente Divina y sus manifestaciones en las formas pueden observarse en todas partes. Las corrientes de fuerzas dimanantes, de las cuales este mundo físico es un producto ilusorio, son visibles como tales en el otro mundo. Los grandes ingenieros del Logos, los seres que dirigen la corriente de estas fuerzas operando y administrando los procesos y las leyes de la Naturaleza, las huestes angélicas, pueden verse trabajando y puede aprenderse mucho de ellas. El investigador científico se encuentra así en un mundo en el que su trabajo es mucho más fructífero que en la tierra. Se encuentran grupos de hombres de ciencia que se reúnen por afinidad de temperamento, absorbidos en su acostumbrada búsqueda de conocimiento, equipados con laboratorios, observatorios y estaciones de investigación, y no sólo investigando, sino enseñando también. Porque como allí continúa la educación, los que se dedican a ella, como los hombres de ciencia y todos los demás trabajadores especializados, cuidan de seguir sus propias inclinaciones, emplean su tiempo en aclarar los problemas que encuentran en su trabajo, y lo elevan a un estado de perfección superior al que era posible en la tierra. Muy a menudo las ideas así descubiertas en el mundo interno son recogidas por ciertas mentes encarnadas aquí en la tierra, pues existe considerable comunicación o intercambio de pensamientos entre los moradores de los dos mundos.
De igual manera, el artista, para quien la belleza es la meta, encuentra que en aquel mundo su búsqueda puede llevarse más cerca de su consumación de lo que era posible en el mundo de materia física densa. Si se trata de un pintor o de un escultor, ya no necesita por más tiempo los apagados pigmentos de la tierra para reproducir sus visiones, sino que espontánea y automáticamente, la materia sensible del otro mundo asume las formas apropiadas a su pensamiento. Y no sólo se objetiviza su visión ante él, sino que encuentra, para su mayor gozo, que puede refinarla y volverla a modelar, hasta que se logra la relativa perfección. Y puesto que los grupos se atraen unos a otros en ese mundo por afinidad de temperamento más que por relaciones familiares o raciales, se encuentra más cerca de su propia clase como miembro, probablemente, de uno de los muchos grupos de trabajadores similares dedicados a buscar la belleza y a descubrir a través de ella su yo superior.
Para el músico también se abre un camino más amplio, una comprensión más profunda de su arte. La música tiene en los planos ocultos aspectos de los cuales normalmente conocemos poca cosa aquí abajo. El músico encuentra, por ejemplo, que la música allí no se oye tanto como se ve. Si la música física se observa clarividentemente, se ve que produce formas en la materia resplandeciente luminosa de por sí de los mundos ocultos. Esta materia viva y sensible se somete a las formas cambiantes e irisadas por el sonido y la finalidad de la música. En los planos ocultos, además, puede escucharse el verdadero Canto de la Creación, aquella Palabra de Dios, siempre revelada, que es el tema de la gran Sinfonía de la Creación.
Esta sensibilidad exquisita de la materia de los mundos ocultos a todo cambio de pensamiento y de sentimiento es uno de los primeros descubrimientos que hace el estudiante cuando sus ojos internos se abren. Encuentra, como lo hacen aquellos que penetran en esos mundos después de la muerte, que el pensamientos es un enorme poder, capaz de afectar las vidas de los demás, así como de ayudarle a él en su camino, si lo utiliza debidamente.
El reformador, el servidor, el sanador, el médico, todos encuentran, si pueden entrar en él, un mundo nuevo de servicio que se abre ante sus ojos. Si el médico posee el verdadero espíritu de curar, encontrará que llegan a él en busca de ayuda hombres y mujeres con mentes torcidas y sentimientos atormentados, personas que han muerto con la conciencia inquieta, con deberes abandonados o sin realizar, con vicios no dominados, siniestras visiones, complejos y otros desórdenes psíquicos. Esas condiciones son más motivo de dificultad allí que aquí, porque aquel es el mundo de la emoción. Las personas así perturbadas tienen gran necesidad de los servicios de un médico. Existe en realidad un gran número de trabajadores dedicados a esta tarea de poner a tono y rearmonizar a aquellos que lo necesitan.
El hombre de negocios, durante los primeros días después de su traspaso, tiende a gravitar por la fuerza de la costumbre sobre sus antiguos asuntos comerciales; pero pronto se da cuenta de que no puede afectar a sus colegas. Ellos no responden a su presencia o a sus pensamientos. No saben siquiera que se halle presente entre ellos. Felizmente, sin embargo, los más amplios intereses y la mayor libertad en que se desenvuelve la nueva vida, el cuerpo más sensible y animado que utiliza, su convencimiento de que los mayores motivos de negociar aquí no existen en su nueva esfera y que, por consiguiente, no hay mucho de que ocuparse en este asunto, pronto alejan de sí sus preocupaciones físicas. La vida después de la muerte, en realidad puede ser el principio de una libertad mucho más amplia y maravillosa, porque las necesidades apremiantes de los negocios que, indudablemente para nuestro bien, nos ocupan aquí y tienden a esclavizar nuestro pensamiento y nuestros sentimientos en las cosas materiales, deja de existir.
Los alimentos, por ejemplo, una de las causas primordiales del comercio y el esfuerzo personal en este plano, dejan de tener significado allí, porque todo el alimento que nuestros cuerpos sutiles necesitan se absorbe automáticamente de la atmósfera. El aire, allí como aquí, está cargado con la fuerza vital Divina que dimana a través del sol y que contiene todo lo que se necesita para el sustento del cuerpo en aquel mundo. El proceso completo de su absorción y asimilación es tan inconsciente como la respiración en el plano físico. La alimentación, por lo tanto, no es un problema allí, y su provisión no es motivo de actividad comercial.
El vestir se realiza con el pensamiento. Puesto que la materia del otro mundo responde instantáneamente al pensamiento, pensar que se está vestido, es estarlo. Aunque se encuentran personas con distintos atavíos a la moda de su propio tiempo o raza, la prenda más generalizada parece ser una especie de vestido suelto, cuyos colores y adornos pueden cambiar instantáneamente a voluntad.
¿Traslación?
También nos movemos impelidos por el pensamiento. Pensar que se está en un lugar es desplazarse allí rápida o pausadamente, a voluntad, por un delicioso movimiento de suspensión, como si se volara. Los sueños en los que el cuerpo es ligero y se eleva con facilidad, como si se deslizara despacio o aprisa a través del aire, son frecuentemente recuerdos del modo normal de moverse en el mundo de la vida después de la muerte.
La vivienda, el cuarto de los grandes motivos de los negocios y del esfuerzo en el plano físico, se crea también con el pensamiento en el otro mundo. Allí, como aquí, la gente se agrupa en casas y ciudades. La vida privada se necesita en el otro mundo lo mismo que en la tierra, pero no es preciso defenderse del clima, pues nuestras adversas condiciones climáticas no se reproducen allí.
Así pues, la vida en ese mundo es tan variada y fascinante como la vida en esta tierra; en realidad mucho más, porque allí no solamente existe una casi interminable variedad de actividades a elegir, sino que cada actividad puede continuarse más allá y por un período más largo que en la tierra, donde se interponen ciertas apremiantes necesidades. Allí, por ejemplo, no sólo existen centros infantiles, servicios para los recién llegados y para aquellos que lo necesitan, sino además todas las actividades corrientes y saludables de los seres humanos que buscan más luz y alegría y ser más útiles, siguiendo los caminos del conocimiento, el amor y la belleza. También hay centros religiosos y al entrar en una iglesia en aquel plano se percibe que la religión eleva al creyente a alturas muy superiores a las que se alcanzan generalmente en la tierra. Esto, en parte, se debe a que los objetos del culto son visibles, porque se crean con el pensamiento, y en parte porque la emoción es allí mucho más pura y poderosa. En la parte oriental de la iglesia no habrá símbolos ni ventanas con vidrieras de colores, sino imágenes vientes, quizá de los salvadores del mundo, de los santos o de las huestes angélicas. Éstos no son fantasmas creados por la mente humana, sino vívidas representaciones en las que sus grandes Originales derraman algo de su Amor y de su Conciencia, y que Ellos emplean como canales para la efusión de Sus bendiciones y de Su poder. Y como todo esto es visible allí para los fieles, los servicios religiosos evocan un fervor y una respuesta de tal profundidad que rara vez se experimentan aquí abajo, e infunden una creencia religiosa basada mucho más en la experiencia vivida que en la fe ciega.
Esas son las condiciones generales que todos nosotros encontraremos sin duda cuando nos llegue la hora de ir allá o cuando alcancemos el poder de ver clarividentemente aquel mundo desde éste. Esta descripción de las condiciones normales podría completarse añadiendo alguna información sobre lo anormal. Para los suicidas, por ejemplo, parece que hay al menos tres variedades de experiencias después de la muerte. El que se suicida por un motivo noble y desinteresado, después del choque que generalmente acompaña a la muerte repentina, se fija en la nueva vida bajo las condiciones normales descritas anteriormente. En estos casos no suele haber coma alguno ni tiempo para que la persona pueda reajustar su conciencia a las alteradas condiciones de su vida según el procedimiento corriente, pero la misma pureza de su conciencia le ayudará a hacer ese reajuste y a ver en su verdadera perspectiva los hechos de su nueva vida cuando abra sus ojos a ella.
Los suicidas de la segunda clase, menos dignos porque las causas del hecho fueron más egoístas, quedan sumidos en un vacío inconsciente, tan pronto como abandonan el cuerpo físico, y permanecen en ese estado hasta el momento en que su muerte ordinaria se hubiera producido. Después, por la actuación de alguna ley del ritmo, despiertan y ocupan su puesto en la nueva vida. Este hecho de despertar cuando el término natural de la vida física debiera de haber ocurrido, es el que me ha hecho creer que el momento de la muerte está fijado —por nuestra propia conducta, desde luego— que, aparte de acontecimientos anormales, tales como el suicidio, existe un momento natural para la muerte fijado para cada uno de nosotros.
La tercera clase de suicidas es menos envidiable todavía. Comprende aquellos hombres más bien toscos y sensuales que se han suicidado en la flor de la vida, a menudo instigados a ello por la pasión o por el miedo. En la nueva vida están todavía encadenados a las cosas de la tierra; sus toscos deseos los tienen todavía amarrados a la tierra; pueden ver el duplicado del plano físico en materia más sutil, e incapaces de liberarse de ello, viven en el mundo intermedio entre este mundo y el otro. Guiados por deseos y pasiones que no pueden satisfacer plenamente, procuran satisfacerlos penetrando en lugares donde se realizan excesos sensuales en el plano físico, uniendo sus conciencias con las de los beodos o sensuales que allí se dedican al vicio. En esas circunstancias la gente del plano físico experimenta una intensificación de sus deseos, de suerte que la relación, aunque lo ignoren, es tan perjudicial para ellos como para las almas apegadas a la tierra que obtienen satisfacción por su medio.
Para el teósofo, en posesión de este conocimiento, el suicidio siempre es un error. El suicidio no resuelve problema alguno, e indudablemente da origen a otros, con lo cual complica la situación de la que intentó escapar por ese medio. Porque al final toda obligación debe cumplirse, toda deuda pagarse, todo dolor trascenderse. “Dios no puede ser burlado; porque todo lo que el hombre siembre, eso mismo recogerá.” Por lo tanto, es mucho mejor soportar una situación por muy dolorosa que sea, que no intentar evadirse para perpetuar e intensificar sus dificultades. El suicidio intensifica las dificultades porque trae la complicación adicional del propio asesinato, cuya reacción kármica puede afectar de un modo adverso las encarnaciones sucesivas.
La persona que muere dominada por un vicio, desde luego, pasa un período desagradable, porque ahora vive en su cuerpo emocional, y por ello experimenta su deseo particular con una intensidad desconocida para él cuando la materia de su cuerpo físico la reducía o la amortiguaba en gran parte. Sin medio alguno de satisfacer ese vicio, necesariamente se abrasa en él, con frecuencia durante semanas y meses de agudos sufrimientos.
Si existe un infierno en alguna parte, es esta condición de intenso deseo imposible de satisfacer. Ese infierno presenta al menos cuatro diferencias con el infierno de la religión ortodoxa. Primera: que no es un lugar, sino un estado de conciencia, como también lo es el cielo. Según el estado de nuestra conciencia, podemos hallarnos en uno o en otro, dondequiera que se encuentren nuestros cuerpos. Segundo: este sufrimiento no se impone como castigo después de un juicio por una autoridad externa, sino que lo producimos nosotros mismos, como sucede con todos los sufrimientos y todas las alegrías. Son las cosechas materiales y automáticas, procedentes de lo que antes hemos sembrado. Tercera: el sufrimiento causado por un deseo insatisfecho no es un castigo eterno. Ni siquiera un padre humano sería tan ilógico y cruel como para condenar a su hijo a un castigo perpetuo por un pecado cometido en determinada ocasión. Al contrario, lo que tiene principio debe tener fin. El sufrimiento, después de la muerte, como resultado de un vicio no dominado, sólo dura mientras subsista la energía empleada en satisfacerlo. Cuando ésta termina, el hombre se libera del sufrimiento y emprende su nueva vida. La última de las diferencias entre esta condición y la que usualmente se asocia con la idea ortodoxa del infierno, es que semejante sufrimiento no significa una futil experiencia. Al contrario, puede ser fructífera en extremo. Pues por su intensidad se graba casi de manera permanente en la conciencia del que sufre, el cual, al darse cuenta así de la causa y del efecto, aprende su lección desde entonces para siempre. Esta comprensión del hombre interno afectará su próxima vida, en la cual nacerá probablemente con una intensas repugnancia hacia aquella forma especial de desenfreno. Sin duda por esta razón las condiciones inmediatas más allá de la tumba se consideran como el purgatorio.
Para terminar, voy a agregar algunas palabras respecto al niño después de la muerte. Para aquellos que han experimentado la desgracia más difícil de sobrellevar, la pérdida de un niño, quisiera decir que si pudiérais ver lo feliz que el niño es allí donde ha ido, vuestro dolor quedaría enormemente aliviado. En el otro mundo, la vida del niño es deliciosa, alegre, llena de gozo. Los niños se cuidan allí tan tiernamente como podrían cuidarlos los más sabios y bondadosos padres por parte de aquellos que en aquel plano se han dedicado a semejante servicio, y a quienes ayudan con frecuencia miembros de las huestes angélicas. Hay centros infantiles en el mundo interno. Existe una combinación de hogar, escuela y colegio en hermosos parajes donde se guía, se educa y se ama los niños. Sus parientes y amigos van hacia los niños durante el sueño, y algunas veces ayudan en el plan de estudios de su nuevo hogar. Los niños no han perdido, por tanto, la compañía de aquellos a los que aman, y conocen poco el dolor o la pérdida.
El niño, después de la muerte, o bien completa el ciclo normal de la vida pasando por los planos emocional y mental, para volver al Ego, o reencarna rápidamente. En el primer caso, desarrolla una madurez juvenil, muy hermosa, de aspecto muy refinado, delicadamente espiritualizada, con ojos dulces y luminosos. Después, en la segunda muerte, como se denomina algunas veces, el cuerpo emocional se abandona y la conciencia funciona en el cuerpo mental, donde alcanza una felicidad y una paz todavía más completas. Ese estado corresponde al Paraíso de la ortodoxia. En él, los niños cosechan, como todos los que completan el ciclo de nacimiento y muerte, los frutos de todas las aspiraciones idealistas y espirituales, y cuando éstas se han logrado, el cuerpo mental se abandona, y la conciencia que ha realizado la peregrinación se retira a su propio ser interno, enriquecida y desarrollada con todas las experiencias que ha experimentado.
La encarnación rápida, sin embargo, parece ser casi general en el caso de los niños muertos jóvenes. Alguna deuda con la Naturaleza, en la que se ha incurrido por una transgresión en una vida anterior, el suicidio tal vez, tiene que pagarse ahora. Entonces se abre el camino para volver de nuevo con éxito a la encarnación física, conservando los mismos jóvenes cuerpos mental y emocional. Con frecuencia se da el caso de que los padres son los mismos, y la madre queda embarazada de nuevo al cabo de dos o tres años de la pérdida anterior. Muchas madres parecen saber instintivamente que el mismo Ego ha vuelto a ellas. Muchas me han asegurado esto y me han hablado de su interés y placer cuando notan que la semblanza y las maneras del nuevo hijo confirman en parte esa intuición. La nueva encarnación sigue luego su curso normal.
Así, vemos que en la pérdida de un niño, aunque inevitablemente dolorosa, existe en realidad poco motivo para afligirnos. Aun cuando nuestros pequeños no vuelvan a nuestros brazos, no los hemos perdido; están con nosotros, como lo están todos nuestros muertos queridos, aquí y ahora, a nuestro alrededor, pero temporalmente fuera de nuestra percepción. Aunque no podamos verlos, por carecer de la visión necesaria, no han desaparecido para siempre, ni han cesado de existir. Si realmente los amamos, nuestro yo inmortal es uno con ellos, para toda la eternidad, y cuando dormimos tenemos su compañía personal. Cuando nos llegue la hora de entrar en los mundos superiores, los encontramos y al reunirnos con ellos nos daremos cuenta de la indefectible unidad de todos los que realmente aman.
Y sea éste nuestro último pensamiento: En la muerte nada hay que temer. Rara vez un individuo es consciente del acto de abandonar su cuerpo. Se desprende como en el sueño, tranquila y sosegadamente, sin dolor. La muerte no es sino liberarse para entrar en una vida más hermosa. El nacimiento no es un principio. La muerte no es un final. Tanto el uno como la otra, sólo son incidentes que se repiten con frecuencia en la larga serie de vidas, por medio de las cuales ascendemos hasta el completo conocimiento espiritual de nosotros mismos, hasta el Adeptado. Apresurémonos hacia esa meta, reconociendo que la muerte no es más que un incidente corporal en el camino. Al hacerlo así, la muerte quedará, en verdad, ‘sumida en la victoria’.
Para nosotros, los hombres, no existe la muerte, porque somos los Hijos Inmortales de Dios. La muerte sólo existe para quien la toma en consideración. Alcanza únicamente al cuerpo físico y al liberarnos de él nos encontramos aliviados en gran manera del poder cegador de la materia, porque este cuerpo y esta materia física de nuestro mundo, nos ocultan las realidades espirituales que contienen, de igual manera que el velo del día nos oculta las estrellas, que brillan siempre.

Conferencia en Cardiff, el 14 de abril de 1935

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