Las enseñanzas de las Sagradas Escrituras sobre el gozo de los justos en el paraíso y los sufrimientos de los pecadores en el infierno, se pueden leer en el folleto "Sobre el fin del mundo y la vida futura" . ¿Cómo es el Cielo? ¿Dónde está? En las conversaciones la gente, designa al Cielo "arriba" y al infierno "abajo." La gente, que durante su muerte clínica vio el infierno, indefectiblemente, describía el acercamiento a él, precisamente como bajada. A pesar de que "arriba" y "abajo" — son expresiones condicionadas, no sería correcto considerar al cielo y al infierno como distintos estados: ellos — son dos lugares diferentes, aunque no se prestan a ser definidos geográficamente. Los Ángeles y las almas de los muertos pueden encontrarse sólo en un lugar definido: Cielo, infierno o tierra. No podemos señalar el lugar del mundo espiritual porque éste se encuentra fuera de las "coordenadas" de nuestro sistema espacial y temporal. Aquél espacio es de clase diferente y comenzando aquí, se extiende en una nueva e intangible dirección.
Numerosos casos de la vida de los Santos muestran cómo este espacio especial, "irrumpe" en el espacio de nuestro mundo. Así los habitantes de la Isla Elovyl (de los Abetos), vieron el alma de San Germán de Alaska subir en una columna de fuego, el staretz Serafín Glinski vio el alma de San Serafín de Sarov, ascender al cielo. El profeta Eliseo, vio cómo el profeta Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego. A pesar de nuestro deseo de penetrar con el pensamiento "allí," estamos limitados por el hecho de que aquellos "lugares" se encuentran fuera de nuestro espacio tridimensional.
La mayoría de los relatos actuales de los hombres que pasaron la muerte clínica, describen lugares y estados "cercanos" a nuestro mundo, todavía de este lado de la "frontera." Sin embargo se encuentran descripciones de lugares que recuerdan al "paraíso" o al "infierno," en los términos de los que hablan las Sagradas Escrituras.
Así, por ejemplo, en las comunicaciones de los Dres. Ritchi, Betty Maltz, Maurice Rawlings y otros, figura el infierno con serpientes, reptiles, hedor insoportable y demonios. En su libro "El retorno desde el mañana," el Dr. Ritchi relata lo que le pasó a él mismo en 1943, cuando vio las imágenes del infierno. Allí la atracción de los pecadores a los deseos terrenales era insaciable. Él vio a los asesinos que estaban como encadenados a sus víctimas. Los asesinos lloraban y les pedían perdón a sus víctimas, pero éstas no los oían. Eran inútiles lágrimas y ruegos.
Thomas Welch relata cómo, trabajando en un aserradero de Pórtland, estado de Oregón, resbaló, cayó al río y fue aplastado por unos enormes troncos. Los operarios trabajaron más de una hora para encontrar su cuerpo y sacarlo de debajo de los troncos. No observando ningún signo vital, ellos lo consideraron muerto. Mientras tanto, Thomas, en el estado de muerte temporal, se encontró en el borde de un inconmensurable océano de fuego. Viendo las enormes olas de azufre en llamas, él se petrificó de horror. Esta era la gehena de fuego, — no hay palabras humanas para describirla —. En el mismo borde de la gehena de fuego, él reconoció a algunas caras de conocidos que murieron antes. Todos estaban como paralizados de horror, mirando el movimiento de las olas de fuego. Thomas entendía que no había posibilidad de irse de allí. Comenzó a arrepentirse de que anteriormente se ocupó tan poco de su salvación. ¡OH! Si él supiera lo que le esperaba, viviría en forma distinta.
En esto vio a alguien que caminaba en la lejanía. El rostro del desconocido reflejaba una gran fuerza y bondad. Thomas enseguida comprendió que era el Señor y que sólo Él podía salvar a su alma de la gehena. Tuvo la esperanza de que el Señor lo viera, pero el Señor pasó de largo, mirando a la lejanía. "Un poco más y Él desaparecerá y será el fin de todo" — pensó Thomas. De repente, el Señor volvió Su rostro y miró a Thomas. Esto era todo lo necesario — ¡solo una mirada del Señor! En un instante Thomas se encontró en su cuerpo y volvió a la vida. Todavía no alcanzó a abrir los ojos, oyó claramente cómo oraban sus compañeros que lo rodeaban. Muchos años después Thomas recordaba lo que había visto "allí," en sus menores detalles. Este suceso era imposible de olvidar. (Su caso, él lo describió en un librito: "Oregón amazing miracle" Christ for the Nations, Inc., 1976).
El pastor Kenneth E. Hagin, recuerda cómo, en abril de 1933, cuando él vivía en Mackiney, en el estado de Tejas, su corazón se paró y el alma salió del cuerpo. "Después de esto, comencé a bajar, y a medida que bajaba se hacía más oscuro y más caluroso. Luego sobre las paredes de las cavernas vi el centelleo de unos malignos fuegos – aparentemente infernales. Por fin, surgió una llamarada y me arrastró. Muchos años pasaron de esto, pero todavía veo como real ante mí esta llamarada infernal.
Cuando llegué al fondo del abismo sentí la presencia a mi lado de un espíritu, que comenzó a conducirme. En este momento, sobre las tinieblas infernales, sonó una poderosa voz. No entendí lo que dijo, pero sentí que era la voz de Dios. De la fuerza de esta voz, tembló todo el reino infernal, como tiemblan las hojas de otoño, cuando sopla el viento. Inmediatamente, el espíritu que me empujaba me soltó y un fuerte viento me llevó de vuelta hacia arriba. De a poco comenzó a brillar la luz de la tierra. Yo me encontré de nuevo en mi cuarto y salté dentro de mi cuerpo, como el hombre salta en sus pantalones. Vi a mi abuela que me dijo: "Hijito, pensé que habías muerto." Después de un tiempo Kenneth se hizo pastor de una de las iglesias protestantes y dedicó su vida a Dios.
El Dr. Rawlings dedica un capítulo entero de su libro a los relatos de la gente que estuvo en el infierno. Unos vieron, por ej., un enorme campo donde los pecadores sin descanso batallaban, se mataban, herían y violaban unos a otros. El aire estaba lleno de gritos insoportables, imprecaciones y maldiciones. Otros describían lugares de trabajo sin sentido, donde unos crueles demonios abrumaban a las almas con el traslado de cosas pesadas de un lado a otro.
Lo insoportable de los sufrimientos infernales es ilustrado con estos dos relatos tomados de libros ortodoxos.
Un paralítico había sufrido muchos años y por fin le rogó a Dios que haga cesar sus sufrimientos. Se le apareció un ángel y le dijo: "Tus pecados exigen purificación; el Señor te propone que en lugar de un año de sufrimientos en la tierra, que te purificarían, soportes tres horas de suplicios en el infierno: puedes elegir." El paralítico pensó un poco y eligió las tres horas en el infierno. Después de esto el ángel llevó su alma al infierno.
En todas partes reinaba una densa oscuridad, estrechez, por todos lados los espíritus del mal, los gritos de los pecadores, en todos lados solo sufrimientos. El alma del paralítico se atemorizó indescriptiblemente y sintió una gran congoja; a sus gritos sólo contestaba el eco infernal, y el borbotear de las llamas de la gehena. Nadie prestaba atención a sus quejas y sus gritos, todos los pecadores estaban ocupados con sus propios sufrimientos. Al paralítico sufriente le pareció que ya habían pasado siglos y que el Ángel se había olvidado de él.
Pero por fin apareció el Ángel y le preguntó: "¿Cómo te está yendo, hermano?" "¡Tu me engañaste!"- exclamó el sufriente. — "¡No fueron 3 horas las que pasaron, sino muchos años, en que me encuentro aquí en indescriptibles sufrimientos!"
"¡¿Cómo que años?!" — Preguntó el ángel — "pasó sólo una hora y debes seguir sufriendo dos horas más." Entonces el sufriente comenzó a rogar al Ángel que lo devuelva a la tierra, donde él estaba de acuerdo en sufrir los años que fueran necesarios, con tal de dejar ese lugar de horrores. "Está bien, — contestó el ángel — Dios revelará en ti Su gran misericordia."
Encontrándose de nuevo en su lecho de enfermo, el paralítico soportó desde entonces, ahora ya con mansedumbre y con paciencia sus sufrimientos, recordando los horrores infernales, donde es incomparablemente peor (de las cartas de Sviatogoretz, pág. 89, carta 15ª, 1883).
He aquí el relato de dos amigos, de los cuales uno se retiró a un monasterio y llevaba allí un estilo de vida santa, y el otro se quedó en el mundo y vivía pecaminosamente. Cuando el amigo pecador, murió repentinamente, su amigo el monje comenzó a orar a Dios que le mostrara cuál había sido el destino de su compañero. Entonces una vez, en un sueño ligero, se le apareció su amigo muerto, y comenzó a relatarle acerca de sus insoportables sufrimientos, y cómo lo estaba consumiendo un gusano que nunca duerme. Diciendo esto, levantó su vestimenta hasta la rodilla y mostró su pierna cubierta totalmente de ese terrible gusano que le comía. De las heridas de la pierna salía tan espantoso hedor, que el monje se despertó de inmediato. Él salió corriendo de su celda y dejó la puerta sin cerrar. El hedor de la celda se desparramó por todo el monasterio. Como con el tiempo el mal olor no disminuía, todos los monjes tuvieron que mudarse a otro lugar. El monje que vio al prisionero infernal, en toda su vida nunca pudo liberarse del hedor, que se le quedó pegado (del libro: "Los eternos misterios de ultratumba," edic. del Monasterio de San Pantaleón en el Monte Athos).
Al contrario de estas imágenes de horror, las descripciones del Cielo son siempre luminosas y alegres. Así, p. Ej. Thomas N., científico de fama mundial, se ahogó en la pileta cuando tenía 5 años. Por suerte uno de sus familiares lo vio, lo sacó del agua y lo llevó al hospital. Cuando los demás familiares se reunieron en el hospital, el médico les dijo que Thomas había muerto. Pero inesperadamente para todos, Thomas volvió a la vida. "Cuando estaba bajo el agua, — relataba después Thomas, — sentí que volaba por un largo túnel, a cuyo extremo vi una Luz que era tan fuerte que se la podía sentir. Allí vi a Dios en Su trono y debajo gente, o más posiblemente Ángeles, que rodeaban el trono. Cuando me acerqué a Dios, Él me dijo que mi tiempo todavía no había llegado. Yo sentía que quería quedarme pero repentinamente estuve otra vez en mi cuerpo." Thomas afirma, que esta visión le ayudó a encontrar el camino correcto en esta vida. Quiso ser científico para entender más profundamente el mundo creado por Dios. Indudablemente tuvo grandes éxitos en esta dirección .
Betty Maltz, en su libro "Yo vi la eternidad," que salió en 1977, describe cómo, inmediatamente después de la muerte, ella se encontró sobre una hermosa colina verde. Se sorprendió al ver que teniendo tres heridas de operaciones, podía pararse y caminar libremente y sin dolor. Sobre ella había un claro cielo azul. El sol no estaba pero la luz lo invadía todo. Debajo de sus pies desnudos, un pasto de un color tan vivo como jamás había visto en la tierra, cada hojita de pasto parecía dotada de vida propia. La colina era empinada pero los pies se movían fácilmente, sin esfuerzo. Flores de vivos colores, arbustos, árboles. A la izquierda, una figura masculina con un manto. Betty pensó: "¿No sería este un Ángel?" Caminaban sin conversar, pero ella comprendió que él no era ajeno, que la conocía. Y se sentía joven, saludable y feliz. "Sentía que tenía todo lo que había deseado tener, que era todo lo que había querido ser, que iba allí a donde siempre había querido estar..." Luego delante de su mirada pasó toda su vida, vio su egoísmo y tuvo vergüenza, pero se sentía rodeada de cuidado y amor. Ella y su compañero se acercaron a un magnífico palacio de plata, "pero no tenía torres." Música, cantos. Ella oyó la palabra "Jesús." La pared de piedras preciosas, la puerta de perlas. Cuando la puerta se entreabrió por un instante, ella vio una calle con luz dorada. No veía a nadie en esa luz, pero comprendió que era Jesús. Quiso entrar en el palacio, pero se acordó de su padre y volvió a su cuerpo. Esta vivencia la llevó más cerca de Dios. Ella ahora ama a la gente.
San Salvio de Albi, jerarca de la Galia del siglo VI, volvió a la vida, después de permanecer muerto la mayor parte del día, y relató a su amigo Gregorio de Tour lo que sigue: "Cuando mi celda se sacudió cuatro días atrás, y tu me viste muerto, me levantaron dos Ángeles y me llevaron a la más alta cumbre del Cielo y bajo mis pies se veían, no sólo ésta lamentable tierra, sino también el sol, la luna y las estrellas. Luego me pasaron por una puerta que brillaba más fuerte que el sol y entraron al edificio, donde los pisos brillaban de oro y plata. Esta Luz es imposible de describir. Este lugar estaba lleno de gente y se extendía en todos los sentidos, tan lejos, que no se veían su límite. Los Ángeles abrieron camino ante mí a través de la muchedumbre y entramos a aquel lugar al cual estaban dirigidas nuestras miradas aun cuando todavía estábamos no muy lejos. Sobre el lugar había una nube luminosa, más clara que el sol, y de ella escuché la Voz, que parecía la voz de muchas aguas.
Luego me saludaron ciertos seres, algunos vestidos con vestiduras sacerdotales, otros en vestimenta común. Mis acompañantes me explicaron que éstos eran mártires y otros santos. Mientras estaba parado allí, percibí alrededor de mí un perfume tan agradable, que era como si me alimentara, ya que no sentía necesidad ni de comer ni de beber.
Luego una voz desde la nube dijo: "Que este hombre retorne a la tierra, porque es necesario para la Iglesia." Yo me prosterné en el suelo y lloré. "Helas, helas, Señor — dije — ¿Por qué Tú me mostraste todo esto, sólo para luego quitármelo?" Pero la Voz contestó: "Ve en paz, Yo te guardaré hasta que te devuelva de nuevo a ese lugar." Entonces, llorando me fui a través de la puerta por donde había entrado."
Otra hermosa visión del Cielo es relatada por San Andrés el simple en nombre de Cristo, eslavo que vivía en Constantinopla en el siglo IX. Una vez, durante un duro invierno, San Andrés estaba acostado en la calle, y estaba muriéndose por el frío, y en eso sintió un extraño calor dentro de él, y vio un hermoso joven, cuyo rostro brillaba como el sol. Este joven lo llevó al paraíso, al tercer Cielo. He aquí lo que contó San Andrés, cuando volvió a la tierra.
"Por el permiso Divino, permanecí dos semanas en una dulcísima visión... Me vi en el paraíso y me maravillaba de la inefable belleza de ese hermoso y magnífico lugar. Había muchos jardines con altos árboles, que se mecían alegrando mi vista, y de sus ramas salía un agradable perfume. Estos árboles, por su belleza no se parecían a ningún árbol terrestre. En estos jardines había innumerables pájaros con alas doradas, blancas y multicolores. Ellos estaban posados sobre las ramas de los árboles del paraíso y cantaban tan bien que por su dulce cantar, yo me olvidaba de mí mismo... Después me pareció que estaba parado en la cima del Cielo y delante de mí caminaba un joven, con el rostro como el sol y vestido de púrpura... Cuando lo seguí, vi una alta y hermosa cruz, parecida al arco iris y rodeándola, unos cantores de fuego, que cantaban y alababan al Señor, crucificado en la Cruz por nosotros. El joven, que iba delante de mí, se acercó a la Cruz y la besó, indicándome a hacer lo mismo. Besando la Cruz, me llené de indescriptible alegría y sentí un perfume más fuerte que el anterior.
Siguiendo el camino miré hacia abajo y vi como un abismo marino. El joven me dijo: "No temas, debemos subir más alto." — y me dio su mano. Me agarré de ella, nos encontramos ya más alto que el segundo Cielo. Allí vi a magníficos hombres y su alegría es inexpresable en el lenguaje de los hombres... Nos elevamos hasta más alto que el tercer Cielo. Vi allá a numerosas fuerzas celestiales cantando y alabando a Dios. Nos acercamos a una cortina que brillaba como el relámpago. Delante de ella estaban parados unos jóvenes, parecidos a llamas, y me dijo el joven que me guiaba: "Cuando se abra la cortina, verás al Señor Jesucristo. Entonces saluda al altar de Su Gloria..." Y en esto una mano de fuego abrió la cortina y yo, a semejanza del profeta Isaías, vi al mismísimo Señor sentado en el trono alto y elevado, y los serafines volando alrededor de él. Sus vestiduras eran de púrpura, Su rostro irradiaba luz y Él me miraba con amor. Viendo esto, me prosterné delante de Él, saludando al Trono de Su Gloria. No se puede expresar con palabras toda la alegría que me embargaba al contemplar Su rostro. Hasta ahora, cuando recuerdo ésta visión, me lleno de indescriptible alegría. Trepidante estaba postrado ante mi Señor. Luego todo el ejército celestial cantó un hermoso cántico, y luego, sin darme cuenta cómo, de nuevo me encontré en el Paraíso (es interesante agregar que San Andrés, no viendo a la Virgen María, preguntó dónde estaba, y el Ángel le explicó: "¿Tú pensaste ver aquí a la Reina? No está aquí. Ella bajó al mundo desdichado, para ayudar a la gente y consolar a los acongojados. Yo podría mostrarte Su Santo lugar, pero no tenemos tiempo, ya que tú debes volver").
Así, según las vidas de los Santos y los relatos en los libros ortodoxos, el alma llega al Cielo después que deja este mundo y cruza el espacio entre este mundo y el Cielo. A menudo, esta parte del camino, está plagada por las trampas de los demonios. Siempre los ángeles llevan al alma al Cielo, ella nunca llega allí sola. Sobre esto escribió también San Juan Crisóstomo: "Entonces los ángeles llevaron a Lázaro... ya que el alma no llega por sí misma a aquella vida, porque para ella es imposible. Si nosotros, para ir de una ciudad a otra necesitamos un guía, más todavía el alma necesitará del guía para el camino cuando se separa del cuerpo, y debe ser presentada a la vida futura." Es claro que los relatos contemporáneos sobre la Luz y los lugares de gran hermosura, no son verdaderas visitas a estos lugares, sino solo "visiones" y "pre-degustaciones" de ellos en la distancia.
La verdadera visita al Cielo siempre está acompañada de signos claros de la Gracia Divina, a veces un delicioso perfume, acompañado de un milagroso fortalecimiento de todas las potencias del hombre. Por ejemplo, el perfume alimentó a San Salvio en tal medida, que no necesitó ni comida ni bebida, durante tres días. Y sólo cuando él relató acerca de esto, el perfume desapareció. La profunda experiencia de la visita al Cielo es acompañada por el sentimiento de veneración ante la grandeza Divina, y la conciencia de la indignidad de uno mismo.
Con todo, la experiencia personal del Cielo, no se puede describir exactamente, ya que: "Ni ojo vio, ni oído oyó, ni percibió la mente humana, lo que Dios tiene preparado para los que Le aman." Y "Ahora lo vemos como a través de un vidrio opaco, como adivinando; entonces lo veremos cara a cara..." (1 Cor. 2:9 y 13:12).
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viernes
EL ALMA EN SU CAMINO AL CIELO
Sobre la etapa de "evaluación," que algunos pasan inmediatamente después de su separación del cuerpo. Evidentemente esta fase tiene algo en común con el juicio personal, o con la preparación para él.
En las vidas de los Santos y en la literatura espiritual, hay relatos de cómo, después de la muerte del hombre, el alma es acompañada de su Ángel Guardián, que la lleva al cielo a adorar a Dios. A menudo, en este camino, los demonios viéndola, la rodean, para asustarla y llevarla consigo. Esto se debe, según las Sagradas Escrituras, al hecho que los ángeles rebeldes, después de su expulsión del Cielo, se adueñaron del espacio, si se lo puede llamar así, entre la tierra y el Cielo. Por eso, el apóstol Pablo llama a Satanás el "príncipe que gobierna en el aire" y a sus demonios — los espíritus "infracelestes" del mal (Efes. 6:12; 2:2). Estos espíritus infracelestes errantes, viendo el alma conducida por el Ángel, la rodean y la acusan de sus pecados hechos en la tierra. Siendo sumamente descarados, tratan de espantarla, llevarla a la desesperación y adueñarse de ella. En este tiempo el Ángel la defiende y la anima. De lo dicho no hay que sacar la conclusión que los demonios tienen algún derecho sobre el alma humana, — ellos mismos están predestinados a ser juzgados por Dios. Ellos sólo aprovechan, en su descaro, que el alma durante su vida en la tierra en algo les obedecía. Su lógica es simple: "Si tú actuabas como nosotros, tu lugar es con nosotros."
En la literatura eclesiástica, este encuentro con los demonios se llama "tribulaciones" (Entre los Padres de la Iglesia hablan sobre este tema San Efrén el Siríaco, Atanasio el Grande, Macario el Grande, Juan Crisóstomo y otros). Más detalladamente desarrolla ese tópico San Cirilo de Alejandría, en su "Palabra sobre la separación del alma," que forma parte del Salterio Litúrgico. Una descripción muy clara de este camino se encuentra en la vida del Beato Basilio el Nuevo (Siglo X), donde aparece la Bienaventurada Teodora, fallecida, que relata lo que vio y sintió después de la separación con el cuerpo. Las descripciones de las tribulaciones se pueden encontrar, asimismo, en el Libro "Los eternos misterios de ultratumba." Leyendo estos relatos hay que tener presente que hay mucho de relativo en ellos, ya que las circunstancias reales del mundo espiritual, no se parecen al nuestro.
Un encuentro semejante con los espíritus del mal infracelestiales, está descrito por Ikskul, cuyo relato comenzamos más arriba. He aquí lo que pasó cuando los dos Ángeles vinieron a buscar su alma: "Comenzamos a subir rápidamente, y a medida que lo hacíamos, veía yo un espacio cada vez mayor, y al final, cuando este espacio tomó tan horripilantes dimensiones enormes, sentí miedo al sentirme tan ínfimo ante tan inconmensurable desierto. Había también ciertas características en mi visión. En primer término, estaba oscuro, pero yo veía todo con claridad, por consiguiente mi vista adquirió la facultad de ver en la oscuridad. En segundo lugar, mi vista abarcaba un espacio tal que es imposible para una vista común.
La idea del tiempo, desapareció de mi mente y yo no sé cuánto tiempo más subimos. De repente se oyó un ruido indefinido y luego apareciendo, no se sabe de dónde, con gritos y ruido, se acercó a nosotros una muchedumbre de seres repugnantes. "Demonios," — entendí con inusual rapidez y me helé de un horror especial, desconocido por mí hasta ahora. Rodeándonos por todos lados, ellos con gritos y ruido, exigían que se me entregue a ellos, trataban de agarrarme y arrancarme de alguna manera de las manos de los Ángeles, pero, evidentemente no se atrevían a hacerlo. En esta repugnante algarabía, tanto para el oído, como para la vista, yo lograba, a veces, escuchar palabras y hasta frases enteras.
— "Él es nuestro, él negó a Dios," — de repente como a una voz gritaron ellos y ahora ya con todo descaro se tiraron sobre nosotros, que del horror por un instante se me heló el pensamiento. "¡Es mentira! ¡Eso no es verdad!" volviendo en mí, quise gritar, pero la servicial memoria me ató la lengua. De una manera incomprensible recordé, de repente, un hecho trivial relacionado con mi adolescencia, y que antes tenía completamente olvidado.
Recordé, que en el tiempo cuando todavía estudiaba, nos reunimos en casa de un compañero, y charlando primero sobre las cosas de la escuela, pasamos a hablar de temas elevados y abstractos — como pasaba a menudo.
— "No me gustan las abstracciones, — decía uno de mis compañeros, — pero esto es ya completamente imposible. Puedo creer en alguna, aunque sea hasta ahora no estudiada por la ciencia, fuerza de la naturaleza, o sea, puedo aceptar su existencia, sin ver sus claras manifestaciones, ya que ella puede ser tan ínfima, que se confunde en sus acciones con otras fuerzas y es difícil distinguirla; pero creer en Dios como Ser Personal y Omnipotente, — creer cuando no veo por ningún lado claras manifestaciones de esta Personalidad — esto ya es un absurdo. Me dicen: Cree. Pero por qué debo creer, cuando en forma idéntica, puedo creer que Dios no existe. ¿No es cierto acaso? ¿Y es posible, que Él no exista?" Ya directamente se dirigió a mí, mi compañero.
— "Puede ser, que no exista," dije yo. Esta frase era verdaderamente una "frase vana": el discurso insensato de mi amigo no podía despertar en mí dudas acerca de la existencia de Dios. Yo ni siquiera seguía con atención de qué se hablaba — y he aquí que esta frase vana, no desapareció sin dejar rastro. Yo debía justificarme, defenderme de la acusación recibida... Esta acusación aparentemente, era el argumento más fuerte para mi perdición, para los demonios. Era como si ellos sacaran de él una nueva fuerza para el atrevimiento de sus ataques y con un atroz rugido, giraron alrededor de nosotros, cortándonos el camino.
Me acordé de la oración y comencé a orar, llamando en auxilio a aquellos Santos que conocía o cuyos nombres recordaba. Esto no espantó a mis enemigos. Pobre ignorante, cristiano sólo de nombre, yo posiblemente, por primera vez me acordé de Aquella que se llama la Protectora de los cristianos.
Pero, evidentemente, mi llamado a Ella era tan ferviente, hasta tal punto estaba mi alma llena de horror, que apenas yo, recordando, articulé Su Nombre, alrededor nuestro repentinamente apareció como una neblina blanca que rápidamente cubrió la repugnante masa de demonios, y éstos desaparecieron de mis ojos, antes de separarse de nosotros. Su rugido todavía se escuchó durante un tiempo, luego comenzó a debilitarse y comprendí que la terrible persecución nos había dejado.
El miedo experimentado por mí, era tan fuerte, que no sabía si seguíamos nuestro vuelo durante este horrible encuentro o si nos detuvimos por un tiempo. Entendí que nos movíamos, que continuábamos elevándonos hacia arriba, solo cuando nuevamente se abrió ante mí el espacio infinito.
Después de recorrer cierta distancia, vi una fuerte luz sobre mí. Se parecía a la luz solar, pero era mucho más fuerte. Allí, seguramente, había algo así como un reino de la Luz. Si, justamente un reino, con pleno poder de la Luz, — adivinando con algún sentido especial nunca visto por mí, pensaba yo, — porque con esta luz no hay sombras. "¿Pero cómo puede ser la luz sin sombras?" enseguida surgieron, con extrañeza, mis conceptos terrenales.
De repente, rápidamente, entramos en la esfera de esta Luz, y Ella literalmente me encegueció. Cerré los ojos, cubrí con las manos mi rostro, sin resultado, ya que mis manos no daban sombra. ¡Y que hubiera significado aquí una defensa semejante!.
Pero pasó algo diferente. Majestuosamente, sin enojo, pero poderosamente e irrevocablemente sonaron desde arriba las palabras: "¡No está listo!" — Y luego... luego una instantánea parada en nuestra dirección ascendente — y rápidamente comenzamos a bajar. Pero antes de dejar estas esferas, me fue dado a conocer una manifestación especial. Apenas sonaron las palabras desde arriba, que todo en este mundo, parecía, que cada partícula de polvo, cada minúsculo átomo, las contestaron con su afirmación. Como un multimillonario eco, las repitió en un idioma intangible para el oído, pero comprensible para el corazón y el intelecto, expresando su total asentimiento a lo determinado por la voz. Y en esa unidad de la voluntad, había una magnífica armonía, y en esta armonía se sentía tanta inexpresable y entusiasmada alegría, ante la cual todos nuestros encantamientos y entusiasmos se parecían — un día sin sol. Como un inimitable acorde musical sonó este enorme eco y toda mi alma contestó con un fogoso impulso para reunirse a esta magnífica armonía.
Yo no entendí el verdadero significado de las palabras dirigidas a mí, o sea, no comprendí que debía volver a la tierra y vivir como antes. Pensé que me llevaban a algún otro lugar. El sentimiento de una tímida protesta se movió en mí, cuando, primero vagamente, como en una neblina matinal, comenzaron a perfilarse los contornos de la ciudad, y luego, claramente, aparecieron las calles conocidas y el hospital. Acercándose a mi cuerpo inanimado, el Ángel Guardián, me dijo: "¿Escuchaste lo determinado por Dios?" — E indicando mi cuerpo, me ordenó: — "¡Entra en él y prepárate!" Después de esto ambos Ángeles se hicieron invisibles para mí.
A continuación, K. Ikskul, relata su vuelta al cuerpo, que estuvo en la morgue durante 36 horas, y cómo los médicos y todo el personal se extrañó por el milagro de su vuelta a la vida. Poco después, K. Ikskul, se retiró a un monasterio y terminó su vida como monje.
En las vidas de los Santos y en la literatura espiritual, hay relatos de cómo, después de la muerte del hombre, el alma es acompañada de su Ángel Guardián, que la lleva al cielo a adorar a Dios. A menudo, en este camino, los demonios viéndola, la rodean, para asustarla y llevarla consigo. Esto se debe, según las Sagradas Escrituras, al hecho que los ángeles rebeldes, después de su expulsión del Cielo, se adueñaron del espacio, si se lo puede llamar así, entre la tierra y el Cielo. Por eso, el apóstol Pablo llama a Satanás el "príncipe que gobierna en el aire" y a sus demonios — los espíritus "infracelestes" del mal (Efes. 6:12; 2:2). Estos espíritus infracelestes errantes, viendo el alma conducida por el Ángel, la rodean y la acusan de sus pecados hechos en la tierra. Siendo sumamente descarados, tratan de espantarla, llevarla a la desesperación y adueñarse de ella. En este tiempo el Ángel la defiende y la anima. De lo dicho no hay que sacar la conclusión que los demonios tienen algún derecho sobre el alma humana, — ellos mismos están predestinados a ser juzgados por Dios. Ellos sólo aprovechan, en su descaro, que el alma durante su vida en la tierra en algo les obedecía. Su lógica es simple: "Si tú actuabas como nosotros, tu lugar es con nosotros."
En la literatura eclesiástica, este encuentro con los demonios se llama "tribulaciones" (Entre los Padres de la Iglesia hablan sobre este tema San Efrén el Siríaco, Atanasio el Grande, Macario el Grande, Juan Crisóstomo y otros). Más detalladamente desarrolla ese tópico San Cirilo de Alejandría, en su "Palabra sobre la separación del alma," que forma parte del Salterio Litúrgico. Una descripción muy clara de este camino se encuentra en la vida del Beato Basilio el Nuevo (Siglo X), donde aparece la Bienaventurada Teodora, fallecida, que relata lo que vio y sintió después de la separación con el cuerpo. Las descripciones de las tribulaciones se pueden encontrar, asimismo, en el Libro "Los eternos misterios de ultratumba." Leyendo estos relatos hay que tener presente que hay mucho de relativo en ellos, ya que las circunstancias reales del mundo espiritual, no se parecen al nuestro.
Un encuentro semejante con los espíritus del mal infracelestiales, está descrito por Ikskul, cuyo relato comenzamos más arriba. He aquí lo que pasó cuando los dos Ángeles vinieron a buscar su alma: "Comenzamos a subir rápidamente, y a medida que lo hacíamos, veía yo un espacio cada vez mayor, y al final, cuando este espacio tomó tan horripilantes dimensiones enormes, sentí miedo al sentirme tan ínfimo ante tan inconmensurable desierto. Había también ciertas características en mi visión. En primer término, estaba oscuro, pero yo veía todo con claridad, por consiguiente mi vista adquirió la facultad de ver en la oscuridad. En segundo lugar, mi vista abarcaba un espacio tal que es imposible para una vista común.
La idea del tiempo, desapareció de mi mente y yo no sé cuánto tiempo más subimos. De repente se oyó un ruido indefinido y luego apareciendo, no se sabe de dónde, con gritos y ruido, se acercó a nosotros una muchedumbre de seres repugnantes. "Demonios," — entendí con inusual rapidez y me helé de un horror especial, desconocido por mí hasta ahora. Rodeándonos por todos lados, ellos con gritos y ruido, exigían que se me entregue a ellos, trataban de agarrarme y arrancarme de alguna manera de las manos de los Ángeles, pero, evidentemente no se atrevían a hacerlo. En esta repugnante algarabía, tanto para el oído, como para la vista, yo lograba, a veces, escuchar palabras y hasta frases enteras.
— "Él es nuestro, él negó a Dios," — de repente como a una voz gritaron ellos y ahora ya con todo descaro se tiraron sobre nosotros, que del horror por un instante se me heló el pensamiento. "¡Es mentira! ¡Eso no es verdad!" volviendo en mí, quise gritar, pero la servicial memoria me ató la lengua. De una manera incomprensible recordé, de repente, un hecho trivial relacionado con mi adolescencia, y que antes tenía completamente olvidado.
Recordé, que en el tiempo cuando todavía estudiaba, nos reunimos en casa de un compañero, y charlando primero sobre las cosas de la escuela, pasamos a hablar de temas elevados y abstractos — como pasaba a menudo.
— "No me gustan las abstracciones, — decía uno de mis compañeros, — pero esto es ya completamente imposible. Puedo creer en alguna, aunque sea hasta ahora no estudiada por la ciencia, fuerza de la naturaleza, o sea, puedo aceptar su existencia, sin ver sus claras manifestaciones, ya que ella puede ser tan ínfima, que se confunde en sus acciones con otras fuerzas y es difícil distinguirla; pero creer en Dios como Ser Personal y Omnipotente, — creer cuando no veo por ningún lado claras manifestaciones de esta Personalidad — esto ya es un absurdo. Me dicen: Cree. Pero por qué debo creer, cuando en forma idéntica, puedo creer que Dios no existe. ¿No es cierto acaso? ¿Y es posible, que Él no exista?" Ya directamente se dirigió a mí, mi compañero.
— "Puede ser, que no exista," dije yo. Esta frase era verdaderamente una "frase vana": el discurso insensato de mi amigo no podía despertar en mí dudas acerca de la existencia de Dios. Yo ni siquiera seguía con atención de qué se hablaba — y he aquí que esta frase vana, no desapareció sin dejar rastro. Yo debía justificarme, defenderme de la acusación recibida... Esta acusación aparentemente, era el argumento más fuerte para mi perdición, para los demonios. Era como si ellos sacaran de él una nueva fuerza para el atrevimiento de sus ataques y con un atroz rugido, giraron alrededor de nosotros, cortándonos el camino.
Me acordé de la oración y comencé a orar, llamando en auxilio a aquellos Santos que conocía o cuyos nombres recordaba. Esto no espantó a mis enemigos. Pobre ignorante, cristiano sólo de nombre, yo posiblemente, por primera vez me acordé de Aquella que se llama la Protectora de los cristianos.
Pero, evidentemente, mi llamado a Ella era tan ferviente, hasta tal punto estaba mi alma llena de horror, que apenas yo, recordando, articulé Su Nombre, alrededor nuestro repentinamente apareció como una neblina blanca que rápidamente cubrió la repugnante masa de demonios, y éstos desaparecieron de mis ojos, antes de separarse de nosotros. Su rugido todavía se escuchó durante un tiempo, luego comenzó a debilitarse y comprendí que la terrible persecución nos había dejado.
El miedo experimentado por mí, era tan fuerte, que no sabía si seguíamos nuestro vuelo durante este horrible encuentro o si nos detuvimos por un tiempo. Entendí que nos movíamos, que continuábamos elevándonos hacia arriba, solo cuando nuevamente se abrió ante mí el espacio infinito.
Después de recorrer cierta distancia, vi una fuerte luz sobre mí. Se parecía a la luz solar, pero era mucho más fuerte. Allí, seguramente, había algo así como un reino de la Luz. Si, justamente un reino, con pleno poder de la Luz, — adivinando con algún sentido especial nunca visto por mí, pensaba yo, — porque con esta luz no hay sombras. "¿Pero cómo puede ser la luz sin sombras?" enseguida surgieron, con extrañeza, mis conceptos terrenales.
De repente, rápidamente, entramos en la esfera de esta Luz, y Ella literalmente me encegueció. Cerré los ojos, cubrí con las manos mi rostro, sin resultado, ya que mis manos no daban sombra. ¡Y que hubiera significado aquí una defensa semejante!.
Pero pasó algo diferente. Majestuosamente, sin enojo, pero poderosamente e irrevocablemente sonaron desde arriba las palabras: "¡No está listo!" — Y luego... luego una instantánea parada en nuestra dirección ascendente — y rápidamente comenzamos a bajar. Pero antes de dejar estas esferas, me fue dado a conocer una manifestación especial. Apenas sonaron las palabras desde arriba, que todo en este mundo, parecía, que cada partícula de polvo, cada minúsculo átomo, las contestaron con su afirmación. Como un multimillonario eco, las repitió en un idioma intangible para el oído, pero comprensible para el corazón y el intelecto, expresando su total asentimiento a lo determinado por la voz. Y en esa unidad de la voluntad, había una magnífica armonía, y en esta armonía se sentía tanta inexpresable y entusiasmada alegría, ante la cual todos nuestros encantamientos y entusiasmos se parecían — un día sin sol. Como un inimitable acorde musical sonó este enorme eco y toda mi alma contestó con un fogoso impulso para reunirse a esta magnífica armonía.
Yo no entendí el verdadero significado de las palabras dirigidas a mí, o sea, no comprendí que debía volver a la tierra y vivir como antes. Pensé que me llevaban a algún otro lugar. El sentimiento de una tímida protesta se movió en mí, cuando, primero vagamente, como en una neblina matinal, comenzaron a perfilarse los contornos de la ciudad, y luego, claramente, aparecieron las calles conocidas y el hospital. Acercándose a mi cuerpo inanimado, el Ángel Guardián, me dijo: "¿Escuchaste lo determinado por Dios?" — E indicando mi cuerpo, me ordenó: — "¡Entra en él y prepárate!" Después de esto ambos Ángeles se hicieron invisibles para mí.
A continuación, K. Ikskul, relata su vuelta al cuerpo, que estuvo en la morgue durante 36 horas, y cómo los médicos y todo el personal se extrañó por el milagro de su vuelta a la vida. Poco después, K. Ikskul, se retiró a un monasterio y terminó su vida como monje.
jueves
EXPERIENCIA DEL PADRE JOSE MANIYANGAT

Sacerdote experimenta - La vida después de la muerte
Nací el 16 de julio de 1949 en el estado de Kerala, India. Mis padres eran José y Teresa Maniyangat. Soy el mayor de los siete hermanos: José, Maria, Teresa, Lissama, Zachariah, Valsa y Tom.A los catorce años, entré en el seminario menor de Santa Maria, en la ciudad de Thiruvalla, para empezar a estudiar para sacerdote. Cuatro años más tarde, fui al seminario mayor pontifical de San José en Alwaye, Kerala, para proseguir mi formación sacerdotal. Después de terminar los siete años de filosofía y teología, fui ordenado sacerdote el 1 de enero de 1975 para servir como misionero en la diócesis de Thiruvalla.El día de la Divina Misericordia, domingo 14 de abril de 1985, me dirigía al norte de Kerala, a una Iglesia de la misión, para celebrar Misa, y tuve un accidente fatal. Yo iba en motocicleta, y fui envestido, de frente por un jeep de un hombre intoxicado (borracho??), que volvía de un festival hindú. Me llevaron a un hospital que quedaba a 35 millas. En el camino, mi alma salio de mi cuerpo, y experimente la muerte. Inmediatamente me encontré con mi ángel de la guarda. Veía mi cuerpo, y la gente que me llevaba al hospital. Los oía llorar, y rezar por mí. En ese momento el ángel me dijo: ”voy a llevarte al cielo, el Señor quiere verte, y hablar contigo”. También me dijo que en el camino, me mostraría el infierno y el purgatorio.Primero, el ángel me llevó al infierno. Espantosa visión. Vi a satánas, los demonios, un fuego infernal -de cerca de 2.000 grados Fahrenheit-, gusanos que se arrastraban, gente que gritaba y peleaba, otros eran torturados por demonios. El ángel me dijo que todos estos sufrimientos se debían a pecados mortales cometidos, sin arrepentimiento. Entonces, comprendí que había siete grados de sufrimiento, según el número y la clase de pecados mortales cometidos en la vida terrenal. Las almas se veían feísimas, crueles y horribles. Fue una experiencia espantosa. Vi a gente que conocía, pero no puedo revelar la identidad. Los pecados por los que fueron condenados, principalmente fueron por el aborto, la homosexualidad, la eutanasia, el odio, el rencor y el sacrilegio. El ángel me dijo que si se hubieran arrepentido habrían evitado el infierno, y hubieran ido al purgatorio. También entendí que algunas personas que se arrepienten de estos pecados, pueden ser purificados en la tierra a través del sufrimiento. De esta manera pueden evitar el purgatorio, e ir derecho al cielo.Me sorprendió ver en el infierno hasta a sacerdotes y obispos; algunos a quienes nunca esperaba ver. Muchos de ellos estaban allí por haber guiado con enseñanzas erróneas, y mal ejemplo a otros.
Después de la visita al infierno, mi ángel de la guarda me escolto al Purgatorio. Acá también, había siete grados de sufrimiento, y el fuego que no se extingue. Pero es mucho menos intenso que en el infierno, y no hay peleas ni luchas. El principal sufrimiento de estas almas es su separación de Dios. Algunos de los que están en el Purgatorio cometieron pecados mortales; pero antes de morir, se reconciliaron con Dios. Aun cuando estas almas sufren, gozan de paz, y saben que un día podrán ver cara a cara a Dios.
Tuve una oportunidad de comunicarme con las almas del purgatorio. Me pidieron que rezara por ellas, y que también digiera a la gente que rezara, para que ellas pudieran pronto ir al cielo. Cuando rezamos por estas almas, recibimos su agradecimiento por medio de sus oraciones, y una vez que las almas entran al cielo sus oraciones llegan a ser todavía más meritorias.
Es difícil para mí, poder describir la belleza de mi ángel de la guarda. Resplandece, y reluce. Él es mi constante compañero, y me ayuda en todos mis ministerios, especialmente el ministerio de sanación. Experimento su presencia en todas partes a donde voy, y agradezco su protección en mi vida diaria.
Después, mi ángel me escoltó al cielo, pasando a través de un gran túnel, deslumbrantemente blanco. Nunca en mi vida experimenté tanta paz y alegría. Inmediatamente el cielo se abrió, y percibí la música más deliciosa, que nunca antes hubiera oído. Los ángeles cantaban y alababan a Dios. Vi a todos los santos, especialmente a la Santa Madre, a san José, y a muchos piadosos santos obispos y sacerdotes que brillaban como estrellas. Y cuando aparecí ante el Señor, Jesús me dijo: “quiero que vuelvas al mundo. En tu segunda vida serás un instrumento de paz y sanación para mi gente. Caminarás en tierra extranjera, y hablarás una lengua extranjera. Con Mi gracia, todo es posible para ti”. Después de estas palabras, la Santa Madre me dijo: ”haz lo que Él te diga. Te ayudaré en tu ministerio”.
No hay palabras para poder expresar la belleza del cielo. Encontramos tanta paz y felicidad, que excede millones de veces nuestra imaginación. Nuestro Señor es mucho más indescriptible de lo que cualquier imagen puede transmitir. Su cara es radiante y luminosa, más esplendida que el amanecer de mil soles. Las imágenes que vemos en el mundo son solo una sombra de su magnificencia. La Santa Madre estaba al lado de Jesús; es tan linda y radiante. Ninguna de las imágenes que vemos en este mundo pueden llegar a compararse con su real belleza. El cielo es nuestro verdadero hogar, todos hemos sido creados para alcanzar el cielo, y gozar de Dios para siempre. Entonces, volví con mi ángel al mundo.
Mientras mi cuerpo estaba en el hospital, el medico terminó todos los exámenes necesarios, y dictamino muerto. La causa de la muerte fue hemorragia. Notificaron a mi familia, y como estaban muy lejos, el personal del hospital decidió llevar mi cuerpo muerto a la morgue. Como el hospital no tenía aire acondicionado, sabían que el cuerpo se iba a descomponer rápidamente. Mientras llevaban mi cuerpo muerto al depósito de cadáveres, mi alma volvió al cuerpo. Sentí un dolor atroz, tenía muchas heridas y huesos rotos. Empecé a gritar, la gente se asustó, y gritando salio corriendo. Una de las personas se acercó al medico, y le dijo: ”el cuerpo muerto está gritando”. El medico vino a examinar mi cuerpo, y comprobo que estaba vivo. Así que dijo: ”el padre está vivo, es un milagro, llévenlo de nuevo al hospital”.
Ahora, de vuelta en el hospital, me hicieron una transfusión de sangre, y me llevaron a cirugía para reparar los huesos quebrados. Trabajaron en mi mandíbula, costillas, pelvis, muñecas, y pierna derecha. Después de dos meses, me dejaron salir del hospital, pero el medico traumatólogo dijo que nunca más podría caminar. Entonces le conteste: ”el Señor que me devolvió la vida, y me envió de nuevo al mundo, me curará”. Una vez en mi casa, todos rezamos por un milagro. Sin embargo, después de un mes, cuando me sacaron el yeso, todavía no podía moverme. Pero un día, mientras rezaba, sentí un dolor espantoso en la pelvis. Después de un ratito, desapareció todo dolor, y oí una voz: “Estas curado. Levántate y camina”. Sentí paz, y el poder sanador en mi cuerpo. Inmediatamente me levanté y caminé. Alabé, y le di gracias a Dios por el milagro.
Le avisé la noticia de mi cura al doctor, y quedo asombrado. Me dijo: “Tu Dios es el Dios verdadero. Debo seguir a tu Dios”. El medico era hindú, y me pidió que le enseñara sobre nuestra Religión. Después de estudiar la fe, lo bauticé y se hizo Católico.
El 10 de noviembre de 1986, siguiendo el mensaje de mi ángel de la guarda, llegue a los Estados Unidos como sacerdote misionero. Primero, desde 1987 a 1989, trabajé en la diócesis de Boise, Idaho, y después, desde 1989 a 1992, como director del Ministerio de los Presos, en la diócesis de Orlando, Florida.
En 1992, fui a la diócesis de san Agustín, en donde, por dos años, me asignaron a la parroquia del san Mateo en Jacksonville. Más tarde, desde 1994 a 1999, me nombraron vicario parroquial de la Iglesia de la Asunción. En 1997 quede incardinado, como miembro permanente de la diócesis. Desde junio de 1999, he sido pastor de Santa Maria Madre de la Misericordia, Iglesia católica en Macclenny, Florida. También soy capellán católico de la prisión del estado de Florida, en Starke, Union Correctional Institution, en Raiford, y del hospital Northeast Florida State, del estado de Florida en Macclenny. También soy director espiritual diocesano de la legión de Maria.
El primer sábado de cada mes, en mi parroquia, Santa Maria Madre de la Misericordia, dirijo un ministerio Eucarístico y sanador. La gente viene de toda la diócesis, de muchas partes de Florida, hasta de fuera del estado. Me han invitado a dirigir el ministerio sanador en otras ciudades importantes de los Estados Unidos: New York, Philadelphia, Washington, San José, Dallas, Chicago, Birmingham, Denver, Boise, Idaho Falls, Miami, Ft. Lauderdale, Poolsville; y en muchos otros países: Irlanda, España, República Checa, La India, Francia, Portugal, Yugoslavia, Italia, Canadá, México, Islas Cayman, Islas Hawaianas.
Por medio de este ministerio Eucarístico-sanador, he visto a mucha gente curarse física, espiritual, mental y emocionalmente. Gente con diferentes enfermedades tipo: cáncer, sida, artritis, problemas del corazón de la vista, enfisema, asma, dolores de espalda, sordera, y muchos otros han quedado totalmente curados. Además, varias veces durante el año conduzco un especial servicio curativo para sanar el árbol de familia, en el que el efecto de los pecados ancestrales bloquea a la persona, y ella recibe una total sanación. La Escritura dice, (Éxodo, capítulo 34, versículo 7), que castiga la iniquidad del pecado, de los padres en los hijos, y en los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación. Así que, en muchos casos necesitamos sanación generacional. Los médicos, y los remedios no ayudan a curar ciertas enfermedades causadas por nuestro árbol de familia.
Noticia extraida del Periódico San Miguel
QUE VE EL ALMA EN " EL OTRO MUNDO "
La muerte no es como muchos se la imaginan. Todos nosotros, en la hora de la muerte, tendremos que ver y vivir mucho para lo que no estamos preparados. La meta de este folleto es de ampliar y hacer más exacto nuestro entendimiento de la inevitable separación con nuestro cuerpo. Para muchos, la muerte es algo parecido a un sueño sin sueños. Uno cierra los ojos, se duerme y no hay nada más — la oscuridad. Sólo que el sueño se termina a la mañana, en cambio la muerte es para siempre. A muchos les espanta lo desconocido: "¿qué pasará conmigo?" Así tratamos de no pensar en la muerte. Pero en el fondo sentimos una vaga ansiedad y una confusa inquietud ante lo inevitable. Cada uno de nosotros tendrá que pasar esta frontera. Sería útil pensar y prepararse.
Pueden preguntar: "¿En qué pensar y a qué prepararse? No depende de nosotros. Llegará el tiempo — moriremos y eso es todo. Mientras, todavía tenemos tiempo; hay que tomar de la vida todo lo que esta pueda ofrecer: comer, beber, amar, luchar por el poder, el honor y la gloria, ganar dinero, etc. Es preciso no pensar en lo que es difícil y desagradable y en particular no permitirse pensamientos sobre la muerte." Así hace la mayoría.
Sin embargo, a cada uno de nosotros de tanto en tanto nos surgen otros pensamientos inquietantes: "¿y si no es así? ¿y si la muerte no es el fin y después de la muerte del cuerpo me encontrare inesperadamente en unas condiciones completamente nuevas, conservando la capacidad de ver, oír y sentir?" Y lo más importante: "¿y si nuestro futuro detrás de este umbral, en alguna medida, depende de cómo hemos vivido nuestra vida, de cómo éramos antes de cruzar la frontera de la muerte?"
De la comparación de numerosos relatos de la gente que pasó la muerte clínica, se dibuja el cuadro siguiente de lo que ve el alma cuando se separa del cuerpo: cuando en el proceso de la muerte el hombre llega al predeterminado final de sus fuerzas, él escucha que el médico lo declara muerto. Luego, él ve a su "doble" — el cuerpo inanimado que yace allí abajo, y cómo los médicos y las enfermeras tratan de volverlo a la vida. Éstas imágenes producen en el hombre un fuerte golpe, ya que por primera vez en su vida él se ve desde afuera. Al mismo tiempo, él descubre que todas sus facultades de ver, oír, pensar, sentir, etc., continúan funcionando normalmente, pero ésta vez, independientemente de la envoltura externa. Encontrándose flotando en el aire, algo más arriba de la gente que está en el cuarto, el hombre trata por instinto de comunicarse: decir algo, tocar a alguien. Pero, pasmado, se da cuenta que está separado de todos: su voz no la oye nadie, su tacto nadie lo percibe. Con todo, lo sorprenden los sentimientos de alivio, paz, y hasta alegría que siente. No está más esa parte de su "yo" que sufría, que exigía algo, que se quejaba de algo. Percibiendo este alivio, el alma del hombre, habitualmente no quiere volver a su cuerpo.
En la mayoría de los casos de la muerte temporal, bien documentados, después de algunos momentos de observar lo que pasa, el alma vuelve a su cuerpo, y así los conocimientos sobre el otro mundo se interrumpen. Pero a veces ocurre que el alma se mueve más lejos en el mundo espiritual. A ése estado, algunos lo describen como movimiento en un túnel oscuro. Después de esto, algunas almas llegan a un mundo de gran belleza, donde ellas a veces se encuentran con sus parientes antes fallecidos. Otros arriban a un espacio de luz y se encuentran con un ser luminoso que irradia gran amor y comprensión. Unos afirman que se trata del Señor Jesucristo, otros que es un Ángel. Pero todos coinciden en que Él reboza de bondad y misericordia. Algunos, en cambio, caen en unos lugares tenebrosos e "infernales," y volviendo, describen seres repugnantes y crueles que vieron allí.
A veces el encuentro con el misterioso Ser luminoso es seguido por un "repaso" de la vida, en que el hombre comienza a recordar su pasado y evalúa moralmente todos sus actos. Después de esto, algunos ven un cerco o frontera. Ellos sienten que pasándolo no podrán volver más al mundo físico.
No todos los que pasaron la muerte temporal experimentaron todas las fases arriba mencionadas. Un porcentaje importante de hombres devueltos a la vida no puede recordar nada de lo que pasó con ellos "allí." Las etapas mencionadas las ponemos en el orden de su relativa frecuencia, comenzando por los más frecuentes y terminando por los más raros. Según los datos del Dr. Ring, aproximadamente una de cada siete personas recuerda su estadía fuera del cuerpo, haber experimentado la visión de la luz y haber hablado con el Ser luminoso.
Gracias al progreso de la medicina, la reanimación de los muertos es una práctica habitual en muchos hospitales actuales. Anteriormente, casi no se practicaba. Por eso existe alguna diferencia entre los relatos sobre el mundo de ultratumba en la literatura antigua y más tradicional y en la contemporánea. Los libros religiosos más antiguos, relatando las visiones de las almas de los muertos, cuentan lo que vieron en el paraíso o en el infierno y los encuentros en el otro mundo con los Ángeles o los demonios. Éstos relatos se pueden llamar: las descripciones del "lejano cosmos" ya que contienen las imágenes del mundo espiritual alejado de nosotros. Los relatos contemporáneos registrados por los médicos-reanimadores, al contrario, describen las imágenes del "cercano cosmos" — las primeras impresiones del alma apenas salida del cuerpo. Ellas son interesantes ya que complementan a las primeras y nos permiten entender mas plenamente lo que nos espera a cada uno de nosotros. De la posición media se ocupa el relato de K. Ikskul publicada por el Arzobispo Nikon en las "Hojas de la Trinidad" en 1916, bajo el título "Improbable para muchos pero acontecimiento real" y que incluye ambos mundos: el cercano y el lejano. En 1959 el monasterio de la Santísima Trinidad reeditó esta descripción como un folleto separado. Lo citamos aquí abreviado. Este relato cubre los elementos de la literatura más antigua y contemporánea sobre el mundo de ultratumba.
K. Ikskul era un típico joven intelectual de la Rusia prerevolucionaria. Fue bautizado en su infancia y creció en un medio ortodoxo. Pero como era costumbre entonces entre los intelectuales, consideraba a la religión con indiferencia. A veces concurría a la iglesia, remarcaba las fiestas de Navidad y Pascua y hasta comulgaba una vez al año, pero muchas cosas en la religión ortodoxa las consideraba como anticuadas supersticiones, entre ellas sus enseñanzas sobre la vida después de la muerte. Él estaba seguro de que con la muerte la vida humana terminaba.
Una vez enfermó de neumonía. Estuvo mucho tiempo enfermo, empeoró y fue internado en un hospital. No creía que se acercaba la muerte, esperaba sanar y seguir con sus ocupaciones habituales. Una mañana, de repente se sintió completamente bien, la tos cesó y la fiebre bajó hasta lo normal. Pensó que por fin mejoraba. Pero para su asombro, los medicos se inquietaron, hasta trajeron oxígeno. Después, — sintió escalofríos y total indiferencia hacia todo lo que le rodeaba. Él relata:
"Toda mi atención se centró en mí mismo y como en un desdoblamiento... apareció un hombre interno (principal) que sentía una total indiferencia hacia el externo (el cuerpo) y hacia todo que pasaba con él... Era sorprendente ver y oír todo y al mismo tiempo sentirse ajeno a todo. El médico me pregunta, yo escucho, entiendo, pero no contesto; no tengo porqué hablar con él... De repente me sentí arrastrado con terrible fuerza hacia abajo, hacia la tierra. Me agité. "Agonía," dijo el médico. Yo entendía todo, no me asusté. Recordé que leí que la muerte es dolorosa, pero no sentía dolor. Pero sentía pesadez. Me sentía atraído hacia abajo, sentía que algo debe separarse... Hice un esfuerzo para liberarme y de repente me sentí liviano y en paz.
Lo que sigue lo recuerdo muy claramente. Estoy parado en el medio del cuarto. A mi derecha, en semicírculo, estaban parados los médicos y las enfermeras rodeando la cama. Me extrañé: ¿qué hacen allí si yo estoy aquí? Me acerqué para ver. Sobre la cama estaba acostado yo. Viendo a mi doble, no me asusté; sólo me extrañé. ¿Cómo es posible? Quise tocarme, mi mano pasó a través como en el vacío y tampoco pude tocar a los otros. No sentía el piso. Llamé al médico pero él no reaccionó. Entendí que estaba completamente solo y sentí pánico.
Miré a mi cuerpo y pensé: ¿habré muerto? Pero esto era difícil de imaginar; yo estaba más vivo que antes, sentía y comprendía todo... Después de un tiempo los médicos se fueron del cuarto. Dos paramédicos hablaban de las peripecias de mi enfermedad y muerte, la enfermera se dirigió al ícono, se persignó, y en voz alta pronunció para mí el habitual deseo: "Que tenga el Reino de los Cielos y la paz eterna." Apenas dijo ella estas palabras, a mi lado aparecieron dos Ángeles. En uno reconocí a mi Ángel de la guarda, al otro no lo conocía. Tomándome de las manos, ellos me llevaron a la calle, directamente a través de la pared. Anochecía, nevaba de una manera muy calma. Yo lo veía pero no percibía el frío ni el cambio de temperatura. Comenzamos a subir rápidamente." Más adelante continuaremos nuestro relato de K. Ikskul.
Gracias a nuevas investigaciones en el campo de la reanimación y comparando gran cantidad de relatos de los hombres que pasaron por la muerte clínica, se puede reconstruir un cuadro bastante detallado de lo que experimenta el alma después de su separación del cuerpo. Por supuesto, cada caso tiene características individuales, que faltan en otros. Y esto es naturalmente de esperarse, ya que el alma cuando llega al otro mundo, ella — como un recién nacido — tiene la vista y el oído no totalmente desarrollados. Por eso las primeras impresiones de los hombres que "emergen" en el otro mundo, tienen un carácter sumamente subjetivo. Sin embargo, en su totalidad se crea un cuadro bastante completo aunque no siempre totalmente comprensible.
Notemos los momentos más relevantes de la experiencia del otro mundo, extraídos de los libros contemporáneos sobre la vida después de la muerte.
1. La visión del doble.
Al morir, el hombre no inmediatamente se percata del hecho. Y sólo después de ver a su doble yaciendo inanimado allá abajo y cuando se convence que no puede comunicarse, se da cuenta que su alma salió del cuerpo. A veces, en caso de un accidente, cuando la separación con el cuerpo es instantánea e inesperada, el alma no reconoce su cuerpo y piensa que ve a otra persona, parecida. La visión del doble y la imposibilidad de comunicarse crean un fuerte golpe en el alma, ella no está segura de si es realidad o es sueño.
2. Conciencia ininterrumpida.
Todos los que pasaron la muerte temporal atestiguan que conservaron plenamente su "yo" junto con las capacidades intelectuales, sensitivas y volitivas. Más todavía, notaron que la vista y el oído se agudizan, el pensamiento es más nítido y extraordinariamente enérgico, y la memoria se aclara. Personas que perdieron algunas de sus facultades, a causa de la enfermedad o de la edad, sienten que las recuperaron. El hombre comprende que puede ver, oír, pensar, etc., sin órganos corporales. Es notable que un ciego de nacimiento, al salir de su cuerpo, vio todo lo que hacían los médicos y las enfermeras con su cuerpo y luego contó con todo detalle lo que pasaba en el hospital. Al volver a su cuerpo volvió a ser ciego. A los médicos y psiquiatras que identifican las funciones del pensamiento y sentir con los procesos químico-eléctricos del cerebro, les sería útil tomar en cuenta estos datos actuales reunidos por los médicos-reanimadores, para entender correctamente la naturaleza del hombre.
3. Alivio.
Habitualmente la muerte está precedida por la enfermedad y los sufrimientos. Al salir del cuerpo, el alma se alegra de no sentir más el dolor, la presión, la asfixia, en cambio percibir que el pensamiento trabaja claramente y los sentidos están apaciguados. El hombre se identifica con su alma, su cuerpo le parece como algo secundario y ya innecesario, así como todo lo material. "Yo salgo y mi cuerpo es una funda vacía" explicaba un hombre que pasó la muerte temporal. Él miraba la operación de su corazón, en curso, como un "observador ajeno." Los intentos de reanimar a su cuerpo no le interesaban en absoluto. Aparentemente él mentalmente se despidió de la vida terrenal y estaba listo para comenzar una nueva vida. Sin embargo le quedaba el amor a sus parientes y la preocupación por sus hijos.
Hay que hacer notar que no se producen cambios importantes en el carácter del individuo. El hombre queda como estaba. "El concepto de que dejando el cuerpo al alma, enseguida sabe y entiende todo, es erróneo. Yo llegué a este nuevo mundo, tal como salí del viejo" — relataba K. Ikskul.
4. El túnel y la luz.
Después de ver a su cuerpo y lo que lo rodea, algunos pasan a otro mundo puramente espiritual. Hay casos que obviando o no notando la primera fase, llegan directamente a la segunda. El pasaje al mundo espiritual, algunos lo describen como viaje por un espacio oscuro que recuerda a un túnel. Al final de ese túnel llegan a una lugar de luz supraterrenal. Existe un cuadro del siglo XV de Jerónimo Bosh, "Ascensión al Empiriano," que representa algo semejante al pasaje del alma por el túnel. Posiblemente ya entonces esto era conocido por algunos.
He aquí dos descripciones contemporáneas de este estado: "Escuché que los médicos me declararon muerto, mientras yo estaba como si nadara en un espacio oscuro. No tengo palabras para describir ese estado. Alrededor estaba completamente oscuro, y sólo en la lejanía se veía luz. Esta era muy intensa, a pesar de que al principio parecía pequeña. A medida que me acercaba a ella, aumentaba. Me dirigía rápidamente hacia ella y sentía que irradiaba bondad. Siendo cristiano recordé las palabras de Cristo: "Yo soy la luz del mundo." Y pensé: "Si esto es la muerte, sé Quién me espera allí".
"Sabía que me estaba muriendo," relata otro hombre; "y nada podía hacer para avisar, ya que nadie me oía... Me encontraba fuera de mi cuerpo — esto es seguro, ya que veía mi cuerpo allá sobre la mesa del quirófano. Mi alma salió del cuerpo. Por eso me sentía perdido, luego apareció esta luz tan especial. Primero era algo débil, luego emitió un rayo muy fuerte. Sentía el calor de esta luz, que cubría todo, pero no me impedía ver el quirófano, los médicos y las enfermeras y todo lo demás. Primero, no entendía qué pasaba, pero luego, una voz desde ésta luz me preguntó si estaba listo para morirme. Hablaba como un hombre, pero no había nadie. Preguntaba precisamente la Luz... Ahora entiendo que Ella sabía que no estaba listo todavía para la muerte, pero era como si me estuviera examinando. Desde el momento en que la Luz comenzó a hablar me sentí muy bien; me sentía fuera de peligro, y que Ella me amaba. El amor que irradiaba la Luz era inimaginable e indescriptible.
Todos, los que la han visto y trataron de describirla, no encontraron palabras adecuadas para hacerlo. La Luz era distinta de la que habían conocido aquí. "Esto no era simplemente luz, sino la plena y perfecta ausencia de tiniebla alguna. Ésta Luz no daba sombras, no se la veía, pero estaba en todas partes y el alma permanecía en la Luz . La mayoría describe ésta Luz como un Ser moralmente bueno, y no como si se tratara de una energía impersonal. Los que son creyentes, la consideran un Ángel, o hasta el mismo Jesucristo. En todo caso, Alguien que trae la paz y el amor. Cuando se encontraban con la Luz, no oían palabras separadas en un idioma específico, sino que hablaba con ellos por medio del pensamiento. Y todo era tan claro, que esconderle algo era totalmente imposible.
5. El examen y el juicio.
Algunas personas que han pasado la muerte temporal, describen una suerte de examen de la vida llevada por ellos en esta tierra. A veces este examen se producía durante la visión de la Luz extraterrenal, cuando el hombre oía la pregunta: "¿Qué has hecho de bueno?" El hombre comprendía que el que preguntaba no lo hacía para saber, sino para impulsar al hombre a que recuerde su vida. Inmediatamente después de la pregunta, ante los ojos espirituales del hombre, pasaban las imágenes de su vida terrenal, comenzando por su primera infancia y en forma de una serie de imágenes rápidamente cambiantes de los episodios de la vida, donde el hombre veía con toda nitidez y detalle todo lo que había pasado. Así, revivía y revalorizaba moralmente todo lo que había dicho y hecho.
Aquí tenemos uno de los típicos relatos que ilustran un proceso de esta inspección: "cuándo vino la Luz, me preguntó ¿qué hiciste en tu vida?, ¿qué puedes mostrarme? — o algo por el estilo. Y entonces comenzaron a aparecer estas imágenes. Eran claras, tridimensionales, en colores, y se movían. Delante de mí pasó toda mi vida... Aquí, yo todavía una niña pequeña, juego cerca del arroyo con mi hermana... Los acontecimientos en mi casa... la escuela... Me casé... Todo se sucedía delante de mis ojos en los mas mínimos detalles. De nuevo vivía estos sucesos. Veía casos en que fui engreída, cruel... Me avergonzaba de mí misma y deseaba que nunca hubieran ocurrido. Pero cambiar lo vivido no era posible .
De la reunión de los numerosos relatos de los hombres que pasaron este examen, se puede concluir que dejó en ellos una profunda y positiva huella. Realmente, durante esta inspección, el hombre es obligado a reevaluar sus actos, hacer un balance de su pasado, y de esta manera juzgarse a sí mismo. En la vida cotidiana, los hombres esconden las cualidades negativas de su carácter, como si se escondieran detrás de una máscara de virtud, para parecer mejores de lo que realmente son. La mayoría se acostumbra tanto a la hipocresía, que dejan de ver su verdadero "yo," a menudo orgulloso, pagado de sí mismo, libertino, etc. Pero en el momento de la muerte ésta máscara se cae y el hombre comienza a verse tal como es en la realidad. En particular durante el examen aparece cada uno de los actos cuidadosamente escondidos, en todos sus detalles, colores y dimensiones. Se oye cada palabra pronunciada, en forma nueva se viven los acontecimientos, hace tiempo olvidados. En este momento todas las ventajas que se conquistaron en la vida, como: situación social y económica, diplomas, títulos, etc., pierden su importancia. Lo único que se valoriza es la parte moral de las acciones. Entonces el hombre se juzga a sí mismo no sólo por lo que hizo, sino también por cómo influenció a otras personas con sus palabras y sus actos.
Así un hombre describe el examen de su vida: "Me sentí fuera de mi cuerpo, flotando por encima del edificio. Veía mi cuerpo acostado abajo. Luego fui rodeado de la Luz y en ella vi como una visión móvil que mostraba toda mi vida. Me sentí muy avergonzado ya que mucho de lo que yo consideraba normal y aprobaba, ahora veía que era malo. Todo era muy real. Sentía que una mente superior me estaba juzgando, me dirigía, y me ayudaba a ver. Más todavía, me pasmó que Ella no sólo me mostraba qué hice, sino también la repercusión que tuvieron mis actos en otros hombres. Entonces entendí que nada se borra ni pasa sin huella; todo, hasta cada pensamiento, tiene consecuencias.
Los dos siguientes fragmentos de relatos de hombres que experimentaron la muerte temporal, ilustran cómo el examen les enseñó a ver la vida en forma nueva. "No conté a nadie lo que experimenté en el momento de mi muerte, pero cuando volví a la vida, me movía un ardiente deseo de hacer algo bueno por los demás. Estaba muy avergonzado de mí mismo. Cuando volví decidí que me era indispensable cambiar. Estaba arrepentido, mi vida pasada no me satisfacía. Decidí comenzar una vida completamente diferente.
Ahora imaginemos un empedernido delincuente que durante toda su vida hizo mucho mal a otros — mentiroso, calumniador, delator, asaltante, asesino, violador, sádico. Muere y ve todas sus malas acciones en sus terribles detalles. Su conciencia, largamente dormida, bajo la influencia de la Luz, inesperadamente para él mismo, se despierta y comienza a acusarlo implacablemente. ¡Qué sufrimiento intolerable, qué desesperación debe sentir, cuando ya no puede arreglar nada, ni olvidar! Esto, en verdad, será para él el comienzo del insoportable suplicio. La conciencia de todo el mal realizado, la mutilación del alma propia y de otras ajenas, será para él, "el gusano que nunca muere" y "el fuego que no se apaga."
6. Nuevo mundo.
Algunas diferencias en las descripciones de lo vivido durante la muerte, se explican por el hecho de que aquel otro mundo no se parece al nuestro, donde nacimos y en el cual se formaron todos nuestros conceptos. En aquel mundo, el espacio, el tiempo, y los objetos tienen un contenido completamente diferente a aquellos a los cuales están acostumbrados nuestros órganos de percepción. El alma, por primera vez en el mundo espiritual siente algo semejante a lo que sentiría un gusano subterráneo al salir por primera vez a la superficie de la tierra. Él percibe la luz solar, siente el calor del sol, ve el paisaje, escucha el canto de los pájaros, huele los perfumes de las flores (haciendo la salvedad de que el gusano pueda tener todos estos órganos de percepción). Todo eso es tan nuevo y hermoso, que difícilmente sería capaz luego de contarlo tal cual a los habitantes de su reino subterráneo.
De manera similar, los hombres que se encuentran después de su muerte en el otro mundo, ven y perciben muchas cosas que no pueden luego describir. Así, por ejemplo, dejan de sentir allí la distancia tan habitual para nosotros. Algunos afirmaron que podían sin esfuerzo, sólo con pensarlo, trasladarse de un lugar a otro, independientemente de la distancia que los separaba. Así, por ejemplo, un soldado gravemente herido en Vietnam, durante la operación salió de su cuerpo y observó cómo los médicos trataban de reanimarlo. "Yo estaba allí y el médico estaba pero al mismo tiempo era como si no estuviera. Traté de tocarlo pero pasé a través de él. Entonces, de repente me encontré en el campo de batalla donde había sido herido, y vi a los enfermeros que recogían a los heridos... Quise ayudarles, pero súbitamente me encontré de nuevo en el quirófano. Parecía como si uno se materializara aquí o allá, con solo desearlo, en un abrir y cerrar de ojos" . Hay otros relatos semejantes de repentinos desplazamientos. "Resulta un proceso puramente mental y agradable. Lo deseo, y ya estoy allí. Yo tengo un gran problema. Lo que trato de transmitir estoy obligado a hacerlo en tres dimensiones. Pero lo que acontecía en realidad, no era tridimensional".
Si uno pregunta al hombre que pasó la muerte clínica, cuánto tiempo duró su estado, habitualmente no puede contestar la pregunta. Él no sintió en absoluto el paso del tiempo. "Podrían haber sido unos minutos o varios miles de años, que no hay diferencia" .
Otros, de los que pasaron la muerte temporal, aparentemente han llegado a mundos más alejados de nuestro mundo material. Ellos vieron la naturaleza de "aquel lado" y la describieron en términos de prados y colinas herbosas de un color verde tan vivo que no existe en la tierra, campos iluminados con luz dorada. Hay descripciones de flores, árboles, pájaros, animales, cantos, música, prados, jardines de inigualada belleza, ciudades... Pero ellos no encuentran las necesarias palabras para transmitir todas sus impresiones de manera que ellas sean comprendidas.
7. El aspecto del alma.
Cuando el alma deja el cuerpo, ella no se reconoce inmediatamente a sí misma. Así, desaparecen los signos de la edad: los niños se ven adultos, los ancianos jóvenes . Los miembros del cuerpo, por ejemplo manos o piernas, perdidos por tal o cual causa, aparecen nuevamente, los ciegos comienzan a ver.
Un operario cayó desde un cartel de propaganda comercial, sobre los cables de alta tensión. Perdió, a causa de las quemaduras, ambas piernas y parte de una mano. Durante la operación, él experimentó la muerte temporal. Al salir de su cuerpo, ni siquiera lo reconoció de inmediato, tan gravemente estaba lesionado. Sin embargo, vio algo que lo sorprendió mucho más: su cuerpo espiritual estaba completamente entero y sano .
Sobre la península Long Island, en el estado de Nueva York, vivía una anciana de 70 años, que era ciega desde los 18 años. Tuvo un ataque cardíaco, y en el hospital pasó la muerte temporal. Reanimada, ella relató qué había visto durante la reanimación. Detalladamente describió los diferentes aparatos que usaron los médicos. Lo más sorprendente del caso es que recién en ese momento vio los aparatos, ya que en su juventud, hasta su ceguera, estos aparatos todavía no existían. También le contó al doctor, que lo vio en un traje celeste. Pero reanimada, quedó ciega como era antes.
8. Encuentros.
Algunos cuentan los encuentros con sus parientes o conocidos ya muertos. Estos encuentros, a veces, se producían en las condiciones terrenales, y a veces en el entorno del otro mundo. Así, por ejemplo, una mujer que pasó la muerte temporal, oyó al médico decir a sus parientes que estaba muriendo. Habiendo salido del cuerpo y elevándose, vio a sus parientes y amigos ya muertos. Los reconoció, y ellos estaban contentos de encontrarla. Otra mujer, vio a sus parientes que la saludaban y le daban la mano. Estaban vestidos de blanco, se alegraban, y parecían felices... "y de repente me dieron la espalda y comenzaron a alejarse; mi abuela me miró, sobre el hombro, y me dijo: te veremos más tarde, no ésta vez.." "Ella murió a los 96 años, y aquí lucía, digamos, como de 40 – 45, sana y feliz".
Un hombre cuenta que cuando estaba moribundo por un ataque cardíaco, en el hospital, su hermana estaba moribunda al mismo tiempo por diabetes, en otra parte del mismo hospital. "Cuando salí de mi cuerpo, — relata — encontré a mi hermana, y me alegré, ya que la quería mucho. Hablando con ella, quise ir tras ella, pero ella, volviéndose hacia mí, me ordenó que volviera a donde estaba, explicándome que mi tiempo todavía no había llegado. Cuando volví en mí, le conté al médico que había estado con mi hermana, que acababa de morir. Él no me creyó, pero ante mi insistencia envió a una enfermera para que lo verificara, y supo así que mi hermana había muerto, como yo le había contado .
El alma en el otro mundo, si encuentra a alguien, es principalmente a los que le fueron cercanos. Allí, algo familiar atrae las almas una hacia la otra. Así un anciano padre vio en el otro mundo a sus seis hijos muertos. "Ellos allí no tenían edad" — cuenta él. Hay que aclarar que las almas de los muertos no andan errantes a su voluntad, por donde quieren. La Iglesia Ortodoxa enseña que después de la muerte del cuerpo, el Señor indica a cada alma el lugar de su estadía temporal, en el paraíso o en el infierno. Por esto, a los encuentros con las almas de los parientes muertos, no hay que interpretarlos como regla, sino como excepción que es permitida por el Señor para el bien de aquél a quien le toca seguir viviendo todavía en la tierra. Es posible, así mismo, que no se trate de encuentros propiamente dichos, sino de visiones. Hay que reconocer que en este tema hay mucho de inaccesible para nuestro entendimiento.
Básicamente, los relatos de los hombres que llegaron hasta "el otro lado de la cortina," hablan de lo mismo, pero con detalles diferentes. A veces, ellos ven lo que esperaban ver. Los cristianos ven a los Ángeles, a la Madre de Dios, a Jesucristo, a los santos. Los no creyentes ven templos, figuras vestidas de blanco, jóvenes, o a veces no ven nada, pero perciben la "presencia."
9. El lenguaje del alma.
En el mundo espiritual las conversaciones transcurren no en la lengua conocida del hombre ni en ninguna lengua humana, sino aparentemente por medio del pensamiento. Por eso, cuando los hombres vuelven a la vida, les es difícil transmitir exactamente las palabras que usó la Luz, el Ángel, o algún otro con quien se encontró . Por consiguiente, si en el otro mundo los pensamientos "se oyen," debemos aprender aquí a pensar siempre lo bueno y lo recto, para no pasar vergüenza luego allí, de aquello que hemos pensado involuntariamente.
10. La frontera.
Algunos hombres que se encontraron en el otro mundo, relatan que vieron algo que recuerda a una frontera. Unos la describen como un cerco o una reja al final del campo; otros como orilla de lago o mar; otros todavía como una tranquera o puerta, un torrente o una nube. La diferencia de la descripción también es consecuencia de la percepción subjetiva de cada individuo. Por eso es imposible definir con exactitud, qué es la frontera. Lo importante, sin embargo, es que todos la entienden como una valla, que si se la traspasa no hay vuelta al mundo anterior. Después de ella comienza el viaje a la eternidad .
11. El retorno.
A veces al recién muerto se le dá posibilidad de elección: quedarse allí o volver a la vida terrenal. La voz de la luz puede preguntar p. ej.: "¿Estas listo?" Así el soldado malherido en la batalla vio su cuerpo mutilado y escuchó la voz. Él pensó que con él hablaba Jesucristo. Se le dio la posibilidad de volver al mundo terrenal, donde él sería un inválido o quedarse en el otro mundo. El soldado prefirió volver.
Muchos están atraídos por el deseo de terminar alguna misión en la tierra. Al volver ellos afirman que Dios les permitió volver y vivir porque la obra de su vida no estaba terminaba. Ellos aseguran que el retorno es precisamente el resultado de su propia elección. Esta elección fue aceptada porque obedecía al sentido del deber y no por motivos egoístas. Así por ejemplo algunas eran madres y querían volver con sus hijos pequeños. Pero había casos en que se les ordenaba volver, a pesar de su deseo de quedarse allí. El alma ya estaba llena de alegría, amor y paz, estaba bien allí, pero su tiempo todavía no había llegado. Ella escucha la voz que le ordena volver. Los intentos de oponerse al retorno al cuerpo no resultan. Una fuerza las arrastra hacia atrás.
Hay un relato de una paciente del Dr. Moody: "Tuve un ataque cardíaco, me encontré en un vacío negro, sabía que había dejado mi cuerpo y me estaba muriendo... Pedí a Dios ayuda, me deslicé rápidamente por las tinieblas y vi adelante una neblina gris y detrás de ella unas figuras humanas. Sus formas eran como en la tierra y veía algo parecido a casas. Todo estaba iluminado por una luz dorada muy tenue, no tan burda como la de la tierra. Sentí una gran alegría y quería pasar a través de esta neblina, pero salió mi tío Karl, que murió hace muchos años atrás. Él me cortó el camino y me dijo: "Ve atrás, tu trabajo en la tierra todavía no está terminado, vuelve atrás inmediatamente." Ella tenía un hijo pequeño, que sin ella se hubiera perdido.
La vuelta al cuerpo a veces se produce en un momento, a veces coincide con la aplicación del "shock" eléctrico o de otros métodos de reanimación. Todas las percepciones desaparecen y el hombre se siente de repente nuevamente en la cama. Algunos sienten que entran al cuerpo con un empujón. Primero, se encuentran incómodos y con frío. A veces antes de la vuelta al cuerpo hay un corto desmayo. Los médicos-reanimadores y otros observadores notan, que en el momento de la vuelta a la vida el hombre a menudo estornuda.
12. Nueva relación con la vida.
Habitualmente los hombres que estuvieron "allí" sufren un gran cambio. Según la afirmación de muchos de ellos, tratan de vivir mejor. Muchos comienzan a creer en Dios más firmemente, cambian su manera de vivir, se hacen más serios y profundos. Algunos hasta cambiaron su profesión y comenzaron a trabajar en hospitales y geriátricos, para ayudar a los necesitados. Todos los relatos de los hombres que pasaron la muerte temporal, hablan de fenómenos completamente nuevos para la ciencia, pero no para el cristianismo.
Pueden preguntar: "¿En qué pensar y a qué prepararse? No depende de nosotros. Llegará el tiempo — moriremos y eso es todo. Mientras, todavía tenemos tiempo; hay que tomar de la vida todo lo que esta pueda ofrecer: comer, beber, amar, luchar por el poder, el honor y la gloria, ganar dinero, etc. Es preciso no pensar en lo que es difícil y desagradable y en particular no permitirse pensamientos sobre la muerte." Así hace la mayoría.
Sin embargo, a cada uno de nosotros de tanto en tanto nos surgen otros pensamientos inquietantes: "¿y si no es así? ¿y si la muerte no es el fin y después de la muerte del cuerpo me encontrare inesperadamente en unas condiciones completamente nuevas, conservando la capacidad de ver, oír y sentir?" Y lo más importante: "¿y si nuestro futuro detrás de este umbral, en alguna medida, depende de cómo hemos vivido nuestra vida, de cómo éramos antes de cruzar la frontera de la muerte?"
De la comparación de numerosos relatos de la gente que pasó la muerte clínica, se dibuja el cuadro siguiente de lo que ve el alma cuando se separa del cuerpo: cuando en el proceso de la muerte el hombre llega al predeterminado final de sus fuerzas, él escucha que el médico lo declara muerto. Luego, él ve a su "doble" — el cuerpo inanimado que yace allí abajo, y cómo los médicos y las enfermeras tratan de volverlo a la vida. Éstas imágenes producen en el hombre un fuerte golpe, ya que por primera vez en su vida él se ve desde afuera. Al mismo tiempo, él descubre que todas sus facultades de ver, oír, pensar, sentir, etc., continúan funcionando normalmente, pero ésta vez, independientemente de la envoltura externa. Encontrándose flotando en el aire, algo más arriba de la gente que está en el cuarto, el hombre trata por instinto de comunicarse: decir algo, tocar a alguien. Pero, pasmado, se da cuenta que está separado de todos: su voz no la oye nadie, su tacto nadie lo percibe. Con todo, lo sorprenden los sentimientos de alivio, paz, y hasta alegría que siente. No está más esa parte de su "yo" que sufría, que exigía algo, que se quejaba de algo. Percibiendo este alivio, el alma del hombre, habitualmente no quiere volver a su cuerpo.
En la mayoría de los casos de la muerte temporal, bien documentados, después de algunos momentos de observar lo que pasa, el alma vuelve a su cuerpo, y así los conocimientos sobre el otro mundo se interrumpen. Pero a veces ocurre que el alma se mueve más lejos en el mundo espiritual. A ése estado, algunos lo describen como movimiento en un túnel oscuro. Después de esto, algunas almas llegan a un mundo de gran belleza, donde ellas a veces se encuentran con sus parientes antes fallecidos. Otros arriban a un espacio de luz y se encuentran con un ser luminoso que irradia gran amor y comprensión. Unos afirman que se trata del Señor Jesucristo, otros que es un Ángel. Pero todos coinciden en que Él reboza de bondad y misericordia. Algunos, en cambio, caen en unos lugares tenebrosos e "infernales," y volviendo, describen seres repugnantes y crueles que vieron allí.
A veces el encuentro con el misterioso Ser luminoso es seguido por un "repaso" de la vida, en que el hombre comienza a recordar su pasado y evalúa moralmente todos sus actos. Después de esto, algunos ven un cerco o frontera. Ellos sienten que pasándolo no podrán volver más al mundo físico.
No todos los que pasaron la muerte temporal experimentaron todas las fases arriba mencionadas. Un porcentaje importante de hombres devueltos a la vida no puede recordar nada de lo que pasó con ellos "allí." Las etapas mencionadas las ponemos en el orden de su relativa frecuencia, comenzando por los más frecuentes y terminando por los más raros. Según los datos del Dr. Ring, aproximadamente una de cada siete personas recuerda su estadía fuera del cuerpo, haber experimentado la visión de la luz y haber hablado con el Ser luminoso.
Gracias al progreso de la medicina, la reanimación de los muertos es una práctica habitual en muchos hospitales actuales. Anteriormente, casi no se practicaba. Por eso existe alguna diferencia entre los relatos sobre el mundo de ultratumba en la literatura antigua y más tradicional y en la contemporánea. Los libros religiosos más antiguos, relatando las visiones de las almas de los muertos, cuentan lo que vieron en el paraíso o en el infierno y los encuentros en el otro mundo con los Ángeles o los demonios. Éstos relatos se pueden llamar: las descripciones del "lejano cosmos" ya que contienen las imágenes del mundo espiritual alejado de nosotros. Los relatos contemporáneos registrados por los médicos-reanimadores, al contrario, describen las imágenes del "cercano cosmos" — las primeras impresiones del alma apenas salida del cuerpo. Ellas son interesantes ya que complementan a las primeras y nos permiten entender mas plenamente lo que nos espera a cada uno de nosotros. De la posición media se ocupa el relato de K. Ikskul publicada por el Arzobispo Nikon en las "Hojas de la Trinidad" en 1916, bajo el título "Improbable para muchos pero acontecimiento real" y que incluye ambos mundos: el cercano y el lejano. En 1959 el monasterio de la Santísima Trinidad reeditó esta descripción como un folleto separado. Lo citamos aquí abreviado. Este relato cubre los elementos de la literatura más antigua y contemporánea sobre el mundo de ultratumba.
K. Ikskul era un típico joven intelectual de la Rusia prerevolucionaria. Fue bautizado en su infancia y creció en un medio ortodoxo. Pero como era costumbre entonces entre los intelectuales, consideraba a la religión con indiferencia. A veces concurría a la iglesia, remarcaba las fiestas de Navidad y Pascua y hasta comulgaba una vez al año, pero muchas cosas en la religión ortodoxa las consideraba como anticuadas supersticiones, entre ellas sus enseñanzas sobre la vida después de la muerte. Él estaba seguro de que con la muerte la vida humana terminaba.
Una vez enfermó de neumonía. Estuvo mucho tiempo enfermo, empeoró y fue internado en un hospital. No creía que se acercaba la muerte, esperaba sanar y seguir con sus ocupaciones habituales. Una mañana, de repente se sintió completamente bien, la tos cesó y la fiebre bajó hasta lo normal. Pensó que por fin mejoraba. Pero para su asombro, los medicos se inquietaron, hasta trajeron oxígeno. Después, — sintió escalofríos y total indiferencia hacia todo lo que le rodeaba. Él relata:
"Toda mi atención se centró en mí mismo y como en un desdoblamiento... apareció un hombre interno (principal) que sentía una total indiferencia hacia el externo (el cuerpo) y hacia todo que pasaba con él... Era sorprendente ver y oír todo y al mismo tiempo sentirse ajeno a todo. El médico me pregunta, yo escucho, entiendo, pero no contesto; no tengo porqué hablar con él... De repente me sentí arrastrado con terrible fuerza hacia abajo, hacia la tierra. Me agité. "Agonía," dijo el médico. Yo entendía todo, no me asusté. Recordé que leí que la muerte es dolorosa, pero no sentía dolor. Pero sentía pesadez. Me sentía atraído hacia abajo, sentía que algo debe separarse... Hice un esfuerzo para liberarme y de repente me sentí liviano y en paz.
Lo que sigue lo recuerdo muy claramente. Estoy parado en el medio del cuarto. A mi derecha, en semicírculo, estaban parados los médicos y las enfermeras rodeando la cama. Me extrañé: ¿qué hacen allí si yo estoy aquí? Me acerqué para ver. Sobre la cama estaba acostado yo. Viendo a mi doble, no me asusté; sólo me extrañé. ¿Cómo es posible? Quise tocarme, mi mano pasó a través como en el vacío y tampoco pude tocar a los otros. No sentía el piso. Llamé al médico pero él no reaccionó. Entendí que estaba completamente solo y sentí pánico.
Miré a mi cuerpo y pensé: ¿habré muerto? Pero esto era difícil de imaginar; yo estaba más vivo que antes, sentía y comprendía todo... Después de un tiempo los médicos se fueron del cuarto. Dos paramédicos hablaban de las peripecias de mi enfermedad y muerte, la enfermera se dirigió al ícono, se persignó, y en voz alta pronunció para mí el habitual deseo: "Que tenga el Reino de los Cielos y la paz eterna." Apenas dijo ella estas palabras, a mi lado aparecieron dos Ángeles. En uno reconocí a mi Ángel de la guarda, al otro no lo conocía. Tomándome de las manos, ellos me llevaron a la calle, directamente a través de la pared. Anochecía, nevaba de una manera muy calma. Yo lo veía pero no percibía el frío ni el cambio de temperatura. Comenzamos a subir rápidamente." Más adelante continuaremos nuestro relato de K. Ikskul.
Gracias a nuevas investigaciones en el campo de la reanimación y comparando gran cantidad de relatos de los hombres que pasaron por la muerte clínica, se puede reconstruir un cuadro bastante detallado de lo que experimenta el alma después de su separación del cuerpo. Por supuesto, cada caso tiene características individuales, que faltan en otros. Y esto es naturalmente de esperarse, ya que el alma cuando llega al otro mundo, ella — como un recién nacido — tiene la vista y el oído no totalmente desarrollados. Por eso las primeras impresiones de los hombres que "emergen" en el otro mundo, tienen un carácter sumamente subjetivo. Sin embargo, en su totalidad se crea un cuadro bastante completo aunque no siempre totalmente comprensible.
Notemos los momentos más relevantes de la experiencia del otro mundo, extraídos de los libros contemporáneos sobre la vida después de la muerte.
1. La visión del doble.
Al morir, el hombre no inmediatamente se percata del hecho. Y sólo después de ver a su doble yaciendo inanimado allá abajo y cuando se convence que no puede comunicarse, se da cuenta que su alma salió del cuerpo. A veces, en caso de un accidente, cuando la separación con el cuerpo es instantánea e inesperada, el alma no reconoce su cuerpo y piensa que ve a otra persona, parecida. La visión del doble y la imposibilidad de comunicarse crean un fuerte golpe en el alma, ella no está segura de si es realidad o es sueño.
2. Conciencia ininterrumpida.
Todos los que pasaron la muerte temporal atestiguan que conservaron plenamente su "yo" junto con las capacidades intelectuales, sensitivas y volitivas. Más todavía, notaron que la vista y el oído se agudizan, el pensamiento es más nítido y extraordinariamente enérgico, y la memoria se aclara. Personas que perdieron algunas de sus facultades, a causa de la enfermedad o de la edad, sienten que las recuperaron. El hombre comprende que puede ver, oír, pensar, etc., sin órganos corporales. Es notable que un ciego de nacimiento, al salir de su cuerpo, vio todo lo que hacían los médicos y las enfermeras con su cuerpo y luego contó con todo detalle lo que pasaba en el hospital. Al volver a su cuerpo volvió a ser ciego. A los médicos y psiquiatras que identifican las funciones del pensamiento y sentir con los procesos químico-eléctricos del cerebro, les sería útil tomar en cuenta estos datos actuales reunidos por los médicos-reanimadores, para entender correctamente la naturaleza del hombre.
3. Alivio.
Habitualmente la muerte está precedida por la enfermedad y los sufrimientos. Al salir del cuerpo, el alma se alegra de no sentir más el dolor, la presión, la asfixia, en cambio percibir que el pensamiento trabaja claramente y los sentidos están apaciguados. El hombre se identifica con su alma, su cuerpo le parece como algo secundario y ya innecesario, así como todo lo material. "Yo salgo y mi cuerpo es una funda vacía" explicaba un hombre que pasó la muerte temporal. Él miraba la operación de su corazón, en curso, como un "observador ajeno." Los intentos de reanimar a su cuerpo no le interesaban en absoluto. Aparentemente él mentalmente se despidió de la vida terrenal y estaba listo para comenzar una nueva vida. Sin embargo le quedaba el amor a sus parientes y la preocupación por sus hijos.
Hay que hacer notar que no se producen cambios importantes en el carácter del individuo. El hombre queda como estaba. "El concepto de que dejando el cuerpo al alma, enseguida sabe y entiende todo, es erróneo. Yo llegué a este nuevo mundo, tal como salí del viejo" — relataba K. Ikskul.
4. El túnel y la luz.
Después de ver a su cuerpo y lo que lo rodea, algunos pasan a otro mundo puramente espiritual. Hay casos que obviando o no notando la primera fase, llegan directamente a la segunda. El pasaje al mundo espiritual, algunos lo describen como viaje por un espacio oscuro que recuerda a un túnel. Al final de ese túnel llegan a una lugar de luz supraterrenal. Existe un cuadro del siglo XV de Jerónimo Bosh, "Ascensión al Empiriano," que representa algo semejante al pasaje del alma por el túnel. Posiblemente ya entonces esto era conocido por algunos.
He aquí dos descripciones contemporáneas de este estado: "Escuché que los médicos me declararon muerto, mientras yo estaba como si nadara en un espacio oscuro. No tengo palabras para describir ese estado. Alrededor estaba completamente oscuro, y sólo en la lejanía se veía luz. Esta era muy intensa, a pesar de que al principio parecía pequeña. A medida que me acercaba a ella, aumentaba. Me dirigía rápidamente hacia ella y sentía que irradiaba bondad. Siendo cristiano recordé las palabras de Cristo: "Yo soy la luz del mundo." Y pensé: "Si esto es la muerte, sé Quién me espera allí".
"Sabía que me estaba muriendo," relata otro hombre; "y nada podía hacer para avisar, ya que nadie me oía... Me encontraba fuera de mi cuerpo — esto es seguro, ya que veía mi cuerpo allá sobre la mesa del quirófano. Mi alma salió del cuerpo. Por eso me sentía perdido, luego apareció esta luz tan especial. Primero era algo débil, luego emitió un rayo muy fuerte. Sentía el calor de esta luz, que cubría todo, pero no me impedía ver el quirófano, los médicos y las enfermeras y todo lo demás. Primero, no entendía qué pasaba, pero luego, una voz desde ésta luz me preguntó si estaba listo para morirme. Hablaba como un hombre, pero no había nadie. Preguntaba precisamente la Luz... Ahora entiendo que Ella sabía que no estaba listo todavía para la muerte, pero era como si me estuviera examinando. Desde el momento en que la Luz comenzó a hablar me sentí muy bien; me sentía fuera de peligro, y que Ella me amaba. El amor que irradiaba la Luz era inimaginable e indescriptible.
Todos, los que la han visto y trataron de describirla, no encontraron palabras adecuadas para hacerlo. La Luz era distinta de la que habían conocido aquí. "Esto no era simplemente luz, sino la plena y perfecta ausencia de tiniebla alguna. Ésta Luz no daba sombras, no se la veía, pero estaba en todas partes y el alma permanecía en la Luz . La mayoría describe ésta Luz como un Ser moralmente bueno, y no como si se tratara de una energía impersonal. Los que son creyentes, la consideran un Ángel, o hasta el mismo Jesucristo. En todo caso, Alguien que trae la paz y el amor. Cuando se encontraban con la Luz, no oían palabras separadas en un idioma específico, sino que hablaba con ellos por medio del pensamiento. Y todo era tan claro, que esconderle algo era totalmente imposible.
5. El examen y el juicio.
Algunas personas que han pasado la muerte temporal, describen una suerte de examen de la vida llevada por ellos en esta tierra. A veces este examen se producía durante la visión de la Luz extraterrenal, cuando el hombre oía la pregunta: "¿Qué has hecho de bueno?" El hombre comprendía que el que preguntaba no lo hacía para saber, sino para impulsar al hombre a que recuerde su vida. Inmediatamente después de la pregunta, ante los ojos espirituales del hombre, pasaban las imágenes de su vida terrenal, comenzando por su primera infancia y en forma de una serie de imágenes rápidamente cambiantes de los episodios de la vida, donde el hombre veía con toda nitidez y detalle todo lo que había pasado. Así, revivía y revalorizaba moralmente todo lo que había dicho y hecho.
Aquí tenemos uno de los típicos relatos que ilustran un proceso de esta inspección: "cuándo vino la Luz, me preguntó ¿qué hiciste en tu vida?, ¿qué puedes mostrarme? — o algo por el estilo. Y entonces comenzaron a aparecer estas imágenes. Eran claras, tridimensionales, en colores, y se movían. Delante de mí pasó toda mi vida... Aquí, yo todavía una niña pequeña, juego cerca del arroyo con mi hermana... Los acontecimientos en mi casa... la escuela... Me casé... Todo se sucedía delante de mis ojos en los mas mínimos detalles. De nuevo vivía estos sucesos. Veía casos en que fui engreída, cruel... Me avergonzaba de mí misma y deseaba que nunca hubieran ocurrido. Pero cambiar lo vivido no era posible .
De la reunión de los numerosos relatos de los hombres que pasaron este examen, se puede concluir que dejó en ellos una profunda y positiva huella. Realmente, durante esta inspección, el hombre es obligado a reevaluar sus actos, hacer un balance de su pasado, y de esta manera juzgarse a sí mismo. En la vida cotidiana, los hombres esconden las cualidades negativas de su carácter, como si se escondieran detrás de una máscara de virtud, para parecer mejores de lo que realmente son. La mayoría se acostumbra tanto a la hipocresía, que dejan de ver su verdadero "yo," a menudo orgulloso, pagado de sí mismo, libertino, etc. Pero en el momento de la muerte ésta máscara se cae y el hombre comienza a verse tal como es en la realidad. En particular durante el examen aparece cada uno de los actos cuidadosamente escondidos, en todos sus detalles, colores y dimensiones. Se oye cada palabra pronunciada, en forma nueva se viven los acontecimientos, hace tiempo olvidados. En este momento todas las ventajas que se conquistaron en la vida, como: situación social y económica, diplomas, títulos, etc., pierden su importancia. Lo único que se valoriza es la parte moral de las acciones. Entonces el hombre se juzga a sí mismo no sólo por lo que hizo, sino también por cómo influenció a otras personas con sus palabras y sus actos.
Así un hombre describe el examen de su vida: "Me sentí fuera de mi cuerpo, flotando por encima del edificio. Veía mi cuerpo acostado abajo. Luego fui rodeado de la Luz y en ella vi como una visión móvil que mostraba toda mi vida. Me sentí muy avergonzado ya que mucho de lo que yo consideraba normal y aprobaba, ahora veía que era malo. Todo era muy real. Sentía que una mente superior me estaba juzgando, me dirigía, y me ayudaba a ver. Más todavía, me pasmó que Ella no sólo me mostraba qué hice, sino también la repercusión que tuvieron mis actos en otros hombres. Entonces entendí que nada se borra ni pasa sin huella; todo, hasta cada pensamiento, tiene consecuencias.
Los dos siguientes fragmentos de relatos de hombres que experimentaron la muerte temporal, ilustran cómo el examen les enseñó a ver la vida en forma nueva. "No conté a nadie lo que experimenté en el momento de mi muerte, pero cuando volví a la vida, me movía un ardiente deseo de hacer algo bueno por los demás. Estaba muy avergonzado de mí mismo. Cuando volví decidí que me era indispensable cambiar. Estaba arrepentido, mi vida pasada no me satisfacía. Decidí comenzar una vida completamente diferente.
Ahora imaginemos un empedernido delincuente que durante toda su vida hizo mucho mal a otros — mentiroso, calumniador, delator, asaltante, asesino, violador, sádico. Muere y ve todas sus malas acciones en sus terribles detalles. Su conciencia, largamente dormida, bajo la influencia de la Luz, inesperadamente para él mismo, se despierta y comienza a acusarlo implacablemente. ¡Qué sufrimiento intolerable, qué desesperación debe sentir, cuando ya no puede arreglar nada, ni olvidar! Esto, en verdad, será para él el comienzo del insoportable suplicio. La conciencia de todo el mal realizado, la mutilación del alma propia y de otras ajenas, será para él, "el gusano que nunca muere" y "el fuego que no se apaga."
6. Nuevo mundo.
Algunas diferencias en las descripciones de lo vivido durante la muerte, se explican por el hecho de que aquel otro mundo no se parece al nuestro, donde nacimos y en el cual se formaron todos nuestros conceptos. En aquel mundo, el espacio, el tiempo, y los objetos tienen un contenido completamente diferente a aquellos a los cuales están acostumbrados nuestros órganos de percepción. El alma, por primera vez en el mundo espiritual siente algo semejante a lo que sentiría un gusano subterráneo al salir por primera vez a la superficie de la tierra. Él percibe la luz solar, siente el calor del sol, ve el paisaje, escucha el canto de los pájaros, huele los perfumes de las flores (haciendo la salvedad de que el gusano pueda tener todos estos órganos de percepción). Todo eso es tan nuevo y hermoso, que difícilmente sería capaz luego de contarlo tal cual a los habitantes de su reino subterráneo.
De manera similar, los hombres que se encuentran después de su muerte en el otro mundo, ven y perciben muchas cosas que no pueden luego describir. Así, por ejemplo, dejan de sentir allí la distancia tan habitual para nosotros. Algunos afirmaron que podían sin esfuerzo, sólo con pensarlo, trasladarse de un lugar a otro, independientemente de la distancia que los separaba. Así, por ejemplo, un soldado gravemente herido en Vietnam, durante la operación salió de su cuerpo y observó cómo los médicos trataban de reanimarlo. "Yo estaba allí y el médico estaba pero al mismo tiempo era como si no estuviera. Traté de tocarlo pero pasé a través de él. Entonces, de repente me encontré en el campo de batalla donde había sido herido, y vi a los enfermeros que recogían a los heridos... Quise ayudarles, pero súbitamente me encontré de nuevo en el quirófano. Parecía como si uno se materializara aquí o allá, con solo desearlo, en un abrir y cerrar de ojos" . Hay otros relatos semejantes de repentinos desplazamientos. "Resulta un proceso puramente mental y agradable. Lo deseo, y ya estoy allí. Yo tengo un gran problema. Lo que trato de transmitir estoy obligado a hacerlo en tres dimensiones. Pero lo que acontecía en realidad, no era tridimensional".
Si uno pregunta al hombre que pasó la muerte clínica, cuánto tiempo duró su estado, habitualmente no puede contestar la pregunta. Él no sintió en absoluto el paso del tiempo. "Podrían haber sido unos minutos o varios miles de años, que no hay diferencia" .
Otros, de los que pasaron la muerte temporal, aparentemente han llegado a mundos más alejados de nuestro mundo material. Ellos vieron la naturaleza de "aquel lado" y la describieron en términos de prados y colinas herbosas de un color verde tan vivo que no existe en la tierra, campos iluminados con luz dorada. Hay descripciones de flores, árboles, pájaros, animales, cantos, música, prados, jardines de inigualada belleza, ciudades... Pero ellos no encuentran las necesarias palabras para transmitir todas sus impresiones de manera que ellas sean comprendidas.
7. El aspecto del alma.
Cuando el alma deja el cuerpo, ella no se reconoce inmediatamente a sí misma. Así, desaparecen los signos de la edad: los niños se ven adultos, los ancianos jóvenes . Los miembros del cuerpo, por ejemplo manos o piernas, perdidos por tal o cual causa, aparecen nuevamente, los ciegos comienzan a ver.
Un operario cayó desde un cartel de propaganda comercial, sobre los cables de alta tensión. Perdió, a causa de las quemaduras, ambas piernas y parte de una mano. Durante la operación, él experimentó la muerte temporal. Al salir de su cuerpo, ni siquiera lo reconoció de inmediato, tan gravemente estaba lesionado. Sin embargo, vio algo que lo sorprendió mucho más: su cuerpo espiritual estaba completamente entero y sano .
Sobre la península Long Island, en el estado de Nueva York, vivía una anciana de 70 años, que era ciega desde los 18 años. Tuvo un ataque cardíaco, y en el hospital pasó la muerte temporal. Reanimada, ella relató qué había visto durante la reanimación. Detalladamente describió los diferentes aparatos que usaron los médicos. Lo más sorprendente del caso es que recién en ese momento vio los aparatos, ya que en su juventud, hasta su ceguera, estos aparatos todavía no existían. También le contó al doctor, que lo vio en un traje celeste. Pero reanimada, quedó ciega como era antes.
8. Encuentros.
Algunos cuentan los encuentros con sus parientes o conocidos ya muertos. Estos encuentros, a veces, se producían en las condiciones terrenales, y a veces en el entorno del otro mundo. Así, por ejemplo, una mujer que pasó la muerte temporal, oyó al médico decir a sus parientes que estaba muriendo. Habiendo salido del cuerpo y elevándose, vio a sus parientes y amigos ya muertos. Los reconoció, y ellos estaban contentos de encontrarla. Otra mujer, vio a sus parientes que la saludaban y le daban la mano. Estaban vestidos de blanco, se alegraban, y parecían felices... "y de repente me dieron la espalda y comenzaron a alejarse; mi abuela me miró, sobre el hombro, y me dijo: te veremos más tarde, no ésta vez.." "Ella murió a los 96 años, y aquí lucía, digamos, como de 40 – 45, sana y feliz".
Un hombre cuenta que cuando estaba moribundo por un ataque cardíaco, en el hospital, su hermana estaba moribunda al mismo tiempo por diabetes, en otra parte del mismo hospital. "Cuando salí de mi cuerpo, — relata — encontré a mi hermana, y me alegré, ya que la quería mucho. Hablando con ella, quise ir tras ella, pero ella, volviéndose hacia mí, me ordenó que volviera a donde estaba, explicándome que mi tiempo todavía no había llegado. Cuando volví en mí, le conté al médico que había estado con mi hermana, que acababa de morir. Él no me creyó, pero ante mi insistencia envió a una enfermera para que lo verificara, y supo así que mi hermana había muerto, como yo le había contado .
El alma en el otro mundo, si encuentra a alguien, es principalmente a los que le fueron cercanos. Allí, algo familiar atrae las almas una hacia la otra. Así un anciano padre vio en el otro mundo a sus seis hijos muertos. "Ellos allí no tenían edad" — cuenta él. Hay que aclarar que las almas de los muertos no andan errantes a su voluntad, por donde quieren. La Iglesia Ortodoxa enseña que después de la muerte del cuerpo, el Señor indica a cada alma el lugar de su estadía temporal, en el paraíso o en el infierno. Por esto, a los encuentros con las almas de los parientes muertos, no hay que interpretarlos como regla, sino como excepción que es permitida por el Señor para el bien de aquél a quien le toca seguir viviendo todavía en la tierra. Es posible, así mismo, que no se trate de encuentros propiamente dichos, sino de visiones. Hay que reconocer que en este tema hay mucho de inaccesible para nuestro entendimiento.
Básicamente, los relatos de los hombres que llegaron hasta "el otro lado de la cortina," hablan de lo mismo, pero con detalles diferentes. A veces, ellos ven lo que esperaban ver. Los cristianos ven a los Ángeles, a la Madre de Dios, a Jesucristo, a los santos. Los no creyentes ven templos, figuras vestidas de blanco, jóvenes, o a veces no ven nada, pero perciben la "presencia."
9. El lenguaje del alma.
En el mundo espiritual las conversaciones transcurren no en la lengua conocida del hombre ni en ninguna lengua humana, sino aparentemente por medio del pensamiento. Por eso, cuando los hombres vuelven a la vida, les es difícil transmitir exactamente las palabras que usó la Luz, el Ángel, o algún otro con quien se encontró . Por consiguiente, si en el otro mundo los pensamientos "se oyen," debemos aprender aquí a pensar siempre lo bueno y lo recto, para no pasar vergüenza luego allí, de aquello que hemos pensado involuntariamente.
10. La frontera.
Algunos hombres que se encontraron en el otro mundo, relatan que vieron algo que recuerda a una frontera. Unos la describen como un cerco o una reja al final del campo; otros como orilla de lago o mar; otros todavía como una tranquera o puerta, un torrente o una nube. La diferencia de la descripción también es consecuencia de la percepción subjetiva de cada individuo. Por eso es imposible definir con exactitud, qué es la frontera. Lo importante, sin embargo, es que todos la entienden como una valla, que si se la traspasa no hay vuelta al mundo anterior. Después de ella comienza el viaje a la eternidad .
11. El retorno.
A veces al recién muerto se le dá posibilidad de elección: quedarse allí o volver a la vida terrenal. La voz de la luz puede preguntar p. ej.: "¿Estas listo?" Así el soldado malherido en la batalla vio su cuerpo mutilado y escuchó la voz. Él pensó que con él hablaba Jesucristo. Se le dio la posibilidad de volver al mundo terrenal, donde él sería un inválido o quedarse en el otro mundo. El soldado prefirió volver.
Muchos están atraídos por el deseo de terminar alguna misión en la tierra. Al volver ellos afirman que Dios les permitió volver y vivir porque la obra de su vida no estaba terminaba. Ellos aseguran que el retorno es precisamente el resultado de su propia elección. Esta elección fue aceptada porque obedecía al sentido del deber y no por motivos egoístas. Así por ejemplo algunas eran madres y querían volver con sus hijos pequeños. Pero había casos en que se les ordenaba volver, a pesar de su deseo de quedarse allí. El alma ya estaba llena de alegría, amor y paz, estaba bien allí, pero su tiempo todavía no había llegado. Ella escucha la voz que le ordena volver. Los intentos de oponerse al retorno al cuerpo no resultan. Una fuerza las arrastra hacia atrás.
Hay un relato de una paciente del Dr. Moody: "Tuve un ataque cardíaco, me encontré en un vacío negro, sabía que había dejado mi cuerpo y me estaba muriendo... Pedí a Dios ayuda, me deslicé rápidamente por las tinieblas y vi adelante una neblina gris y detrás de ella unas figuras humanas. Sus formas eran como en la tierra y veía algo parecido a casas. Todo estaba iluminado por una luz dorada muy tenue, no tan burda como la de la tierra. Sentí una gran alegría y quería pasar a través de esta neblina, pero salió mi tío Karl, que murió hace muchos años atrás. Él me cortó el camino y me dijo: "Ve atrás, tu trabajo en la tierra todavía no está terminado, vuelve atrás inmediatamente." Ella tenía un hijo pequeño, que sin ella se hubiera perdido.
La vuelta al cuerpo a veces se produce en un momento, a veces coincide con la aplicación del "shock" eléctrico o de otros métodos de reanimación. Todas las percepciones desaparecen y el hombre se siente de repente nuevamente en la cama. Algunos sienten que entran al cuerpo con un empujón. Primero, se encuentran incómodos y con frío. A veces antes de la vuelta al cuerpo hay un corto desmayo. Los médicos-reanimadores y otros observadores notan, que en el momento de la vuelta a la vida el hombre a menudo estornuda.
12. Nueva relación con la vida.
Habitualmente los hombres que estuvieron "allí" sufren un gran cambio. Según la afirmación de muchos de ellos, tratan de vivir mejor. Muchos comienzan a creer en Dios más firmemente, cambian su manera de vivir, se hacen más serios y profundos. Algunos hasta cambiaron su profesión y comenzaron a trabajar en hospitales y geriátricos, para ayudar a los necesitados. Todos los relatos de los hombres que pasaron la muerte temporal, hablan de fenómenos completamente nuevos para la ciencia, pero no para el cristianismo.
miércoles
INVESTIGACIÓN CLARIVIDENTE Y LA VIDA DESPUÉS DE LA MUERTE
Geoffrey Hodson
Nuestro tema de esta tarde no puede por menos que tener el mayor interés y la máxima importancia para cada uno de los presentes; porque, ¿quién de entre nosotros no ha experimentado el dolor de la separación, quién no ha sentido el deseo de saber a donde han ido los que amamos, de saber algo de las condiciones de la vida después de la muerte, en la que han penetrado y en la que deberemos aventurarnos todos cuando nos llegue la hora, como inevitablemente debe suceder algún día? En estos trances de la vida humana es donde las enseñanzas teosóficas tienen un poder especial para consolar e iluminar. La Teosofía tiene el poder de consolar, porque afirma, del modo más categórico, que existe una vida más allá de la tumba, que únicamente muere el cuerpo, mientras que el hijo inmortal de Dios, el verdadero ser, sigue viviendo eternamente. La Teosofía reafirma la gran enseñanza de la Biblia que da la solución al problema de la vida después de la muerte en las palabras: “Dios creó al hombre para ser inmortal; a imagen de su propia eternidad Él lo creó”. Aquí, si podemos admitirlo, está la verdadera respuesta a la pregunta de si la vida continúa después de la muerte.
La Teosofía tiene además el poder de iluminar, porque enseña cómo el hombre puede conocer por sí mismo, viviendo aún en la tierra, las realidades de la vida más allá del sepulcro. Enseña que reside en el hombre una facultad por medio de la cual el velo que oculta el mundo invisible a nuestra mirada puede rasgarse, y los hechos y fenómenos de ese mundo, las condiciones de la vida en él, pueden verse, investigarse y comprenderse. Esta amplia visión que es un sexto sentido latente en la mayoría, despierto en pocos, se usará de una manera completamente normal y natural por las razas del porvenir. Cuando ahora se desarrolla y se usa con este propósito determinado, esta facultad capacita a su poseedor para hacer lo que más tarde harán las razas de la humanidad: explorar de primera mano y con una conciencia completamente despierta, los mundos de la vida después de la muerte, reunirse con sus moradores cara a cara y estudiar con científica precisión las condiciones bajo las cuales viven.
Todo esto es atractivo y, si es cierto, importante y exige que se considere con detenimiento. Pero mi tema de esta noche no es éste, por lo cual no puedo dedicarle el tiempo que merecería. Debo rogaros que aceptéis la existencia de esta facultad como una hipótesis susceptible de examen y comprobación a su debido tiempo, porque casi todas las enseñanzas teosóficas relativas a los mundos invisibles se obtienen utilizando esa visión tan amplia como un instrumento de investigación.
Si queréis admitir que existe semejante facultad —no el psiquismo negativo del médium en trance, sino el poder positivo y adiestrado bajo el dominio de la voluntad, lo mismo que lo es en la visión física— si queréis admitir eso, entonces aceptad conmigo que estamos en la habitación de un moribundo, mirando con los ojos la transición de este mundo al siguiente de alguien que muere de viejo o de enfermedad.
¿Qué veremos?
A medida que la hora de la muerte se aproxima, veremos que las fuerzas vitales del cuerpo se retiran de las extremidades y se centran en el corazón, y allí se hacen visibles como un resplandeciente foco de luz. Después de esto, la sensación en los miembros inferiores disminuye mucho. Luego, cuando la muerte se aproxima, las fuerzas vitales se retiran todavía más y se concentran en medio de la cabeza, en el tercer ventrículo del encéfalo, que es el centro de la conciencia del yo durante la vida física.
El moribundo puede aun tener o no conciencia física. Si está inconsciente, en el coma que precede a la muerte, será visible a la mirada clarividente, fuera del cuerpo y en su vehículo superfísico. Este vehículo está constituido por una materia mucho más sutil que nuestro éter y su contorno casi parece exactamente el cuerpo físico; en realidad es su duplicado. Difiere en apariencia del físico en que la materia de que está formado tiene luz propia, de suerte que brilla como si estuviera iluminado desde el interior, y lo rodea una atmósfera visible como luz que cambia continuamente de colores.
Estos colores del aura —como se denomina— corresponden a los estados de conciencia y se ven variar a cada cambio de sentimiento y de pensamiento. En realidad existe una verdadera ciencia a la cual puedo referirme incidentalmente: la ciencia de la correlación de los estados de conciencia con los colores del aura. Un impulso de simpatía hacia alguien que sufra o esté afligido, por ejemplo, tiene el aura de color verde; un esfuerzo intelectual la baña de amarillo. Esta habitación tiene ahora precisamente una gran cantidad de amarillo, que corresponde a la actividad intelectual. Ese color particular se localiza encima y detrás de la cabeza, y probablemente dio origen a la aureola de los santos, si bien en todos se manifiesta durante el proceso mental. El azul denota actividad devocional; el color lila, espiritualidad; el rosa tirando a carmesí, amor. El rojo es el color de la ira y de la irritabilidad; el pardo es el del egoísmo, y así sucesivamente. Como dejo dicho, estos colores son visibles a la vista del clarividente, de suerte que mirando las auras de las personas es posible decidir la clase de pensamientos y sentimientos que expresan habitualmente y descubrir así su carácter y temperamento. Como es natural, este poder no se utiliza, salvo con permiso y con fines de investigación.
De este modo el aura será visible alrededor de la persona que se está muriendo, la cual, físicamente inconsciente, se encuentra ahora fuera de su cuerpo físico, flotando precisamente encima y unida a él por una corriente de fuerzas que fluye del cuerpo y que brilla con una luz delicadamente plateada. Esta corriente va de la cabeza del cuerpo físico a la cabeza del superfísico, conectándolas; y mientras continúe fluyendo, siempre existe la posibilidad de un despertar físico; pero una vez que se ha roto, como en el momento de la muerte, no existe ya posibilidad alguna de volver. Todos los casos de aparentes resurrecciones, en realidad consisten tan sólo en que han despertado los individuos en los cuerpos que no estaban muertos.
El moribundo puede volver temporalmente a su cuerpo, y al abrir sus ojos puede ver alguno de los fenómenos del otro mundo, y referirse a personas que no estén presentes en sus cuerpos físicos. Cuando llega el verdadero momento de la muerte, se ve que el ‘cordón de plata’ se rompe y el individuo se eleva como si quedara libre de una gran atracción. Aunque no estoy absolutamente seguro, me inclino a creer que el momento exacto de la muerte para cada uno de nosotros está fijado, pero ya sea esto así o no, el momento llega, el cordón se rompe, el hombre queda libre de su cuerpo y ya no puede despertarse más en él. Entonces aparecen en él los signos de la muerte. Su labor ha terminado.
En casi todos los casos, el hombre es tan inconsciente de que muere como de que se duerme. Pasa, por así decirlo, en un abrir y cerrar de ojos, de este mundo al otro. Generalmente está ocupado en un proceso de revisión en el que los acontecimientos de la vida que acaba de terminar pasan ante los ojos de su mente en clara perspectiva; las causas y los efectos son correlativos, los éxitos y sus resultados, los fracasos y sus consecuencias. Este proceso de revisión es muy importante, porque de él se destila cierta sabiduría, el fruto de la vida recién terminada. Por esta razón debiéramos estar mental, emocional y físicamente serenos en la habitación del moribundo, a fin de no perturbar con un exceso de aflicción al ser querido en este importante proceso. Él vive ahora en un cuerpo más sutil, el cuerpo de los sentimientos, y por eso es mucho más sensible a las fuerzas del pensamiento y de la emoción. Nuestros pensamientos deberían dirigirse a él en forma de amor y bendición y deseándole progreso interno en los mundos invisibles, pero con calma y dominándose. En Teosofía se nos enseña a considerar, no tanto nuestra gran pérdida como el importante beneficio del que se va; pues beneficio importante es quedar libre del cuerpo físico y de sus limitaciones.
Cuando la revisión antedicha termina, generalmente sigue un período de completa inconsciencia que puede durar de 36 a 48 horas, según la persona. Después despierta en la nueva vida, y el hombre, con frecuencia todavía sin darse cuenta de lo que ha ocurrido, mira a su alrededor. En casi todos los casos, algún amigo o pariente le está esperando; o bien, si no tiene a nadie que le dé la bienvenida a la nueva vida, entonces algún miembro del gran grupo de servidores, cuyo trabajo es éste, sale a recibirlo. Estos servidores son miembros de un numeroso grupo muy bien preparado de auxiliadores, constituido para este trabajo particular de asistir a los recién llegados. Les explican las modalidades de la nueva vida y los ayudan a situarse en ella en la forma más conveniente posible. Pocos, si es que realmente existe alguno, entran en ese mundo sin una mano que les dé la bienvenida y les ayude en las primeras fases de la nueva vida.
¿Cuál será la naturaleza de esta nueva vida?
Sobre esta cuestión debo decir algo que acaso sea difícil de aceptar, pero, puesto que yo sé que es verdad y de gran importancia en nuestro estudio, tengo que exponerlo ante vosotros. Y es que el mundo al cual nuestros amigos han llegado y al que iremos todos nosotros cuando nos llegue la hora, no es ninguna tierra extraña, puesto que vamos allí cada noche mientras nuestro cuerpo físico duerme. Al sueño se le ha llamado con exactitud y veracidad, el hermano gemelo de la muerte. Podemos ir más allá y decir que es lo mismo, porque mientras el cuerpo físico duerme, nosotros estamos despiertos en el cuerpo que usaremos después de la muerte. Nuestros sueños son, en parte, los recuerdos confusos de nuestra vida en aquel mundo, que traemos al despertar. La diferencia entre el sueño y la muerte radica en el hecho de que en el sueño el ‘cordón de plata’ que nos une al cuerpo físico no está roto. En la muerte, el cordón se rompe, y como entonces no tenemos lazo alguno con el cuerpo físico, nos es imposible volver a él. No es, por tanto, un país extraño aquel en el que despertamos a la muerte del cuerpo físico, porque ya lo conocemos bien y, en muchos casos, tenemos allí nuestro sitio y nuestro trabajo.
El siguiente principio general que deseo exponer aquí es que las condiciones en las que una persona se encuentra después de la muerte dependen casi enteramente de su temperamento y de la clase de vida que ha llevado en el plano físico. Cada uno de nosotros vemos el mundo que nos rodea a través de las ventanas de nuestro propio temperamento. El individuo de naturaleza amable y alegre despierta después de la muerte en un mundo amable y alegre; mientras que el individuo melancólico, centrado en sí mismo puede despertar en un mundo apagado, melancólico y un tanto solitario, no porque ese mundo sea triste, sino porque el individuo centrado en sí mismo no inspira amistad, y es incapaz de darla. Felizmente, la pena del aburrimiento y del aislamiento que esos individuos se han creado inconscientemente los estimula a cambiar de actitud hacia la vida.
Al pasar ahora de la explicación general a la particular, la investigación clarividente revela en los recién llegados una tendencia a continuar en la nueva vida las formas sutilizadas de aquellas ocupaciones que más atractivo tuvieron para ellos en la tierra. Así, el investigador científico, cuyo ideal en la tierra era ir en pos de la verdad, se encuentra con que puede seguir buscando la verdad allí como aquí. Observa, además, que sus investigaciones son mucho más fructíferas allí que aquí, porque ha dejado el mundo de materia más densa, es consciente en una substancia mucho más sutil y está más cerca del mundo de las causas; y es en la conciencia superior y en el mundo de las causas donde moran la verdad y la comprensión. Se da cuenta de que muchos de los factores en la estructura de la materia y en la evolución, que antes se le ocultaban, ahora se le revelan objetivamente. Las leyes y las fuerzas bajo las cuales los átomos se combinan de cierta manera para formar las moléculas de los distintos elementos, el desarrollo de la célula desde el protoplasma de la célula simple al hombre, el gran misterio para el biólogo, se comprenden más claramente allí, porque la operación de la mente Divina y sus manifestaciones en las formas pueden observarse en todas partes. Las corrientes de fuerzas dimanantes, de las cuales este mundo físico es un producto ilusorio, son visibles como tales en el otro mundo. Los grandes ingenieros del Logos, los seres que dirigen la corriente de estas fuerzas operando y administrando los procesos y las leyes de la Naturaleza, las huestes angélicas, pueden verse trabajando y puede aprenderse mucho de ellas. El investigador científico se encuentra así en un mundo en el que su trabajo es mucho más fructífero que en la tierra. Se encuentran grupos de hombres de ciencia que se reúnen por afinidad de temperamento, absorbidos en su acostumbrada búsqueda de conocimiento, equipados con laboratorios, observatorios y estaciones de investigación, y no sólo investigando, sino enseñando también. Porque como allí continúa la educación, los que se dedican a ella, como los hombres de ciencia y todos los demás trabajadores especializados, cuidan de seguir sus propias inclinaciones, emplean su tiempo en aclarar los problemas que encuentran en su trabajo, y lo elevan a un estado de perfección superior al que era posible en la tierra. Muy a menudo las ideas así descubiertas en el mundo interno son recogidas por ciertas mentes encarnadas aquí en la tierra, pues existe considerable comunicación o intercambio de pensamientos entre los moradores de los dos mundos.
De igual manera, el artista, para quien la belleza es la meta, encuentra que en aquel mundo su búsqueda puede llevarse más cerca de su consumación de lo que era posible en el mundo de materia física densa. Si se trata de un pintor o de un escultor, ya no necesita por más tiempo los apagados pigmentos de la tierra para reproducir sus visiones, sino que espontánea y automáticamente, la materia sensible del otro mundo asume las formas apropiadas a su pensamiento. Y no sólo se objetiviza su visión ante él, sino que encuentra, para su mayor gozo, que puede refinarla y volverla a modelar, hasta que se logra la relativa perfección. Y puesto que los grupos se atraen unos a otros en ese mundo por afinidad de temperamento más que por relaciones familiares o raciales, se encuentra más cerca de su propia clase como miembro, probablemente, de uno de los muchos grupos de trabajadores similares dedicados a buscar la belleza y a descubrir a través de ella su yo superior.
Para el músico también se abre un camino más amplio, una comprensión más profunda de su arte. La música tiene en los planos ocultos aspectos de los cuales normalmente conocemos poca cosa aquí abajo. El músico encuentra, por ejemplo, que la música allí no se oye tanto como se ve. Si la música física se observa clarividentemente, se ve que produce formas en la materia resplandeciente luminosa de por sí de los mundos ocultos. Esta materia viva y sensible se somete a las formas cambiantes e irisadas por el sonido y la finalidad de la música. En los planos ocultos, además, puede escucharse el verdadero Canto de la Creación, aquella Palabra de Dios, siempre revelada, que es el tema de la gran Sinfonía de la Creación.
Esta sensibilidad exquisita de la materia de los mundos ocultos a todo cambio de pensamiento y de sentimiento es uno de los primeros descubrimientos que hace el estudiante cuando sus ojos internos se abren. Encuentra, como lo hacen aquellos que penetran en esos mundos después de la muerte, que el pensamientos es un enorme poder, capaz de afectar las vidas de los demás, así como de ayudarle a él en su camino, si lo utiliza debidamente.
El reformador, el servidor, el sanador, el médico, todos encuentran, si pueden entrar en él, un mundo nuevo de servicio que se abre ante sus ojos. Si el médico posee el verdadero espíritu de curar, encontrará que llegan a él en busca de ayuda hombres y mujeres con mentes torcidas y sentimientos atormentados, personas que han muerto con la conciencia inquieta, con deberes abandonados o sin realizar, con vicios no dominados, siniestras visiones, complejos y otros desórdenes psíquicos. Esas condiciones son más motivo de dificultad allí que aquí, porque aquel es el mundo de la emoción. Las personas así perturbadas tienen gran necesidad de los servicios de un médico. Existe en realidad un gran número de trabajadores dedicados a esta tarea de poner a tono y rearmonizar a aquellos que lo necesitan.
El hombre de negocios, durante los primeros días después de su traspaso, tiende a gravitar por la fuerza de la costumbre sobre sus antiguos asuntos comerciales; pero pronto se da cuenta de que no puede afectar a sus colegas. Ellos no responden a su presencia o a sus pensamientos. No saben siquiera que se halle presente entre ellos. Felizmente, sin embargo, los más amplios intereses y la mayor libertad en que se desenvuelve la nueva vida, el cuerpo más sensible y animado que utiliza, su convencimiento de que los mayores motivos de negociar aquí no existen en su nueva esfera y que, por consiguiente, no hay mucho de que ocuparse en este asunto, pronto alejan de sí sus preocupaciones físicas. La vida después de la muerte, en realidad puede ser el principio de una libertad mucho más amplia y maravillosa, porque las necesidades apremiantes de los negocios que, indudablemente para nuestro bien, nos ocupan aquí y tienden a esclavizar nuestro pensamiento y nuestros sentimientos en las cosas materiales, deja de existir.
Los alimentos, por ejemplo, una de las causas primordiales del comercio y el esfuerzo personal en este plano, dejan de tener significado allí, porque todo el alimento que nuestros cuerpos sutiles necesitan se absorbe automáticamente de la atmósfera. El aire, allí como aquí, está cargado con la fuerza vital Divina que dimana a través del sol y que contiene todo lo que se necesita para el sustento del cuerpo en aquel mundo. El proceso completo de su absorción y asimilación es tan inconsciente como la respiración en el plano físico. La alimentación, por lo tanto, no es un problema allí, y su provisión no es motivo de actividad comercial.
El vestir se realiza con el pensamiento. Puesto que la materia del otro mundo responde instantáneamente al pensamiento, pensar que se está vestido, es estarlo. Aunque se encuentran personas con distintos atavíos a la moda de su propio tiempo o raza, la prenda más generalizada parece ser una especie de vestido suelto, cuyos colores y adornos pueden cambiar instantáneamente a voluntad.
¿Traslación?
También nos movemos impelidos por el pensamiento. Pensar que se está en un lugar es desplazarse allí rápida o pausadamente, a voluntad, por un delicioso movimiento de suspensión, como si se volara. Los sueños en los que el cuerpo es ligero y se eleva con facilidad, como si se deslizara despacio o aprisa a través del aire, son frecuentemente recuerdos del modo normal de moverse en el mundo de la vida después de la muerte.
La vivienda, el cuarto de los grandes motivos de los negocios y del esfuerzo en el plano físico, se crea también con el pensamiento en el otro mundo. Allí, como aquí, la gente se agrupa en casas y ciudades. La vida privada se necesita en el otro mundo lo mismo que en la tierra, pero no es preciso defenderse del clima, pues nuestras adversas condiciones climáticas no se reproducen allí.
Así pues, la vida en ese mundo es tan variada y fascinante como la vida en esta tierra; en realidad mucho más, porque allí no solamente existe una casi interminable variedad de actividades a elegir, sino que cada actividad puede continuarse más allá y por un período más largo que en la tierra, donde se interponen ciertas apremiantes necesidades. Allí, por ejemplo, no sólo existen centros infantiles, servicios para los recién llegados y para aquellos que lo necesitan, sino además todas las actividades corrientes y saludables de los seres humanos que buscan más luz y alegría y ser más útiles, siguiendo los caminos del conocimiento, el amor y la belleza. También hay centros religiosos y al entrar en una iglesia en aquel plano se percibe que la religión eleva al creyente a alturas muy superiores a las que se alcanzan generalmente en la tierra. Esto, en parte, se debe a que los objetos del culto son visibles, porque se crean con el pensamiento, y en parte porque la emoción es allí mucho más pura y poderosa. En la parte oriental de la iglesia no habrá símbolos ni ventanas con vidrieras de colores, sino imágenes vientes, quizá de los salvadores del mundo, de los santos o de las huestes angélicas. Éstos no son fantasmas creados por la mente humana, sino vívidas representaciones en las que sus grandes Originales derraman algo de su Amor y de su Conciencia, y que Ellos emplean como canales para la efusión de Sus bendiciones y de Su poder. Y como todo esto es visible allí para los fieles, los servicios religiosos evocan un fervor y una respuesta de tal profundidad que rara vez se experimentan aquí abajo, e infunden una creencia religiosa basada mucho más en la experiencia vivida que en la fe ciega.
Esas son las condiciones generales que todos nosotros encontraremos sin duda cuando nos llegue la hora de ir allá o cuando alcancemos el poder de ver clarividentemente aquel mundo desde éste. Esta descripción de las condiciones normales podría completarse añadiendo alguna información sobre lo anormal. Para los suicidas, por ejemplo, parece que hay al menos tres variedades de experiencias después de la muerte. El que se suicida por un motivo noble y desinteresado, después del choque que generalmente acompaña a la muerte repentina, se fija en la nueva vida bajo las condiciones normales descritas anteriormente. En estos casos no suele haber coma alguno ni tiempo para que la persona pueda reajustar su conciencia a las alteradas condiciones de su vida según el procedimiento corriente, pero la misma pureza de su conciencia le ayudará a hacer ese reajuste y a ver en su verdadera perspectiva los hechos de su nueva vida cuando abra sus ojos a ella.
Los suicidas de la segunda clase, menos dignos porque las causas del hecho fueron más egoístas, quedan sumidos en un vacío inconsciente, tan pronto como abandonan el cuerpo físico, y permanecen en ese estado hasta el momento en que su muerte ordinaria se hubiera producido. Después, por la actuación de alguna ley del ritmo, despiertan y ocupan su puesto en la nueva vida. Este hecho de despertar cuando el término natural de la vida física debiera de haber ocurrido, es el que me ha hecho creer que el momento de la muerte está fijado —por nuestra propia conducta, desde luego— que, aparte de acontecimientos anormales, tales como el suicidio, existe un momento natural para la muerte fijado para cada uno de nosotros.
La tercera clase de suicidas es menos envidiable todavía. Comprende aquellos hombres más bien toscos y sensuales que se han suicidado en la flor de la vida, a menudo instigados a ello por la pasión o por el miedo. En la nueva vida están todavía encadenados a las cosas de la tierra; sus toscos deseos los tienen todavía amarrados a la tierra; pueden ver el duplicado del plano físico en materia más sutil, e incapaces de liberarse de ello, viven en el mundo intermedio entre este mundo y el otro. Guiados por deseos y pasiones que no pueden satisfacer plenamente, procuran satisfacerlos penetrando en lugares donde se realizan excesos sensuales en el plano físico, uniendo sus conciencias con las de los beodos o sensuales que allí se dedican al vicio. En esas circunstancias la gente del plano físico experimenta una intensificación de sus deseos, de suerte que la relación, aunque lo ignoren, es tan perjudicial para ellos como para las almas apegadas a la tierra que obtienen satisfacción por su medio.
Para el teósofo, en posesión de este conocimiento, el suicidio siempre es un error. El suicidio no resuelve problema alguno, e indudablemente da origen a otros, con lo cual complica la situación de la que intentó escapar por ese medio. Porque al final toda obligación debe cumplirse, toda deuda pagarse, todo dolor trascenderse. “Dios no puede ser burlado; porque todo lo que el hombre siembre, eso mismo recogerá.” Por lo tanto, es mucho mejor soportar una situación por muy dolorosa que sea, que no intentar evadirse para perpetuar e intensificar sus dificultades. El suicidio intensifica las dificultades porque trae la complicación adicional del propio asesinato, cuya reacción kármica puede afectar de un modo adverso las encarnaciones sucesivas.
La persona que muere dominada por un vicio, desde luego, pasa un período desagradable, porque ahora vive en su cuerpo emocional, y por ello experimenta su deseo particular con una intensidad desconocida para él cuando la materia de su cuerpo físico la reducía o la amortiguaba en gran parte. Sin medio alguno de satisfacer ese vicio, necesariamente se abrasa en él, con frecuencia durante semanas y meses de agudos sufrimientos.
Si existe un infierno en alguna parte, es esta condición de intenso deseo imposible de satisfacer. Ese infierno presenta al menos cuatro diferencias con el infierno de la religión ortodoxa. Primera: que no es un lugar, sino un estado de conciencia, como también lo es el cielo. Según el estado de nuestra conciencia, podemos hallarnos en uno o en otro, dondequiera que se encuentren nuestros cuerpos. Segundo: este sufrimiento no se impone como castigo después de un juicio por una autoridad externa, sino que lo producimos nosotros mismos, como sucede con todos los sufrimientos y todas las alegrías. Son las cosechas materiales y automáticas, procedentes de lo que antes hemos sembrado. Tercera: el sufrimiento causado por un deseo insatisfecho no es un castigo eterno. Ni siquiera un padre humano sería tan ilógico y cruel como para condenar a su hijo a un castigo perpetuo por un pecado cometido en determinada ocasión. Al contrario, lo que tiene principio debe tener fin. El sufrimiento, después de la muerte, como resultado de un vicio no dominado, sólo dura mientras subsista la energía empleada en satisfacerlo. Cuando ésta termina, el hombre se libera del sufrimiento y emprende su nueva vida. La última de las diferencias entre esta condición y la que usualmente se asocia con la idea ortodoxa del infierno, es que semejante sufrimiento no significa una futil experiencia. Al contrario, puede ser fructífera en extremo. Pues por su intensidad se graba casi de manera permanente en la conciencia del que sufre, el cual, al darse cuenta así de la causa y del efecto, aprende su lección desde entonces para siempre. Esta comprensión del hombre interno afectará su próxima vida, en la cual nacerá probablemente con una intensas repugnancia hacia aquella forma especial de desenfreno. Sin duda por esta razón las condiciones inmediatas más allá de la tumba se consideran como el purgatorio.
Para terminar, voy a agregar algunas palabras respecto al niño después de la muerte. Para aquellos que han experimentado la desgracia más difícil de sobrellevar, la pérdida de un niño, quisiera decir que si pudiérais ver lo feliz que el niño es allí donde ha ido, vuestro dolor quedaría enormemente aliviado. En el otro mundo, la vida del niño es deliciosa, alegre, llena de gozo. Los niños se cuidan allí tan tiernamente como podrían cuidarlos los más sabios y bondadosos padres por parte de aquellos que en aquel plano se han dedicado a semejante servicio, y a quienes ayudan con frecuencia miembros de las huestes angélicas. Hay centros infantiles en el mundo interno. Existe una combinación de hogar, escuela y colegio en hermosos parajes donde se guía, se educa y se ama los niños. Sus parientes y amigos van hacia los niños durante el sueño, y algunas veces ayudan en el plan de estudios de su nuevo hogar. Los niños no han perdido, por tanto, la compañía de aquellos a los que aman, y conocen poco el dolor o la pérdida.
El niño, después de la muerte, o bien completa el ciclo normal de la vida pasando por los planos emocional y mental, para volver al Ego, o reencarna rápidamente. En el primer caso, desarrolla una madurez juvenil, muy hermosa, de aspecto muy refinado, delicadamente espiritualizada, con ojos dulces y luminosos. Después, en la segunda muerte, como se denomina algunas veces, el cuerpo emocional se abandona y la conciencia funciona en el cuerpo mental, donde alcanza una felicidad y una paz todavía más completas. Ese estado corresponde al Paraíso de la ortodoxia. En él, los niños cosechan, como todos los que completan el ciclo de nacimiento y muerte, los frutos de todas las aspiraciones idealistas y espirituales, y cuando éstas se han logrado, el cuerpo mental se abandona, y la conciencia que ha realizado la peregrinación se retira a su propio ser interno, enriquecida y desarrollada con todas las experiencias que ha experimentado.
La encarnación rápida, sin embargo, parece ser casi general en el caso de los niños muertos jóvenes. Alguna deuda con la Naturaleza, en la que se ha incurrido por una transgresión en una vida anterior, el suicidio tal vez, tiene que pagarse ahora. Entonces se abre el camino para volver de nuevo con éxito a la encarnación física, conservando los mismos jóvenes cuerpos mental y emocional. Con frecuencia se da el caso de que los padres son los mismos, y la madre queda embarazada de nuevo al cabo de dos o tres años de la pérdida anterior. Muchas madres parecen saber instintivamente que el mismo Ego ha vuelto a ellas. Muchas me han asegurado esto y me han hablado de su interés y placer cuando notan que la semblanza y las maneras del nuevo hijo confirman en parte esa intuición. La nueva encarnación sigue luego su curso normal.
Así, vemos que en la pérdida de un niño, aunque inevitablemente dolorosa, existe en realidad poco motivo para afligirnos. Aun cuando nuestros pequeños no vuelvan a nuestros brazos, no los hemos perdido; están con nosotros, como lo están todos nuestros muertos queridos, aquí y ahora, a nuestro alrededor, pero temporalmente fuera de nuestra percepción. Aunque no podamos verlos, por carecer de la visión necesaria, no han desaparecido para siempre, ni han cesado de existir. Si realmente los amamos, nuestro yo inmortal es uno con ellos, para toda la eternidad, y cuando dormimos tenemos su compañía personal. Cuando nos llegue la hora de entrar en los mundos superiores, los encontramos y al reunirnos con ellos nos daremos cuenta de la indefectible unidad de todos los que realmente aman.
Y sea éste nuestro último pensamiento: En la muerte nada hay que temer. Rara vez un individuo es consciente del acto de abandonar su cuerpo. Se desprende como en el sueño, tranquila y sosegadamente, sin dolor. La muerte no es sino liberarse para entrar en una vida más hermosa. El nacimiento no es un principio. La muerte no es un final. Tanto el uno como la otra, sólo son incidentes que se repiten con frecuencia en la larga serie de vidas, por medio de las cuales ascendemos hasta el completo conocimiento espiritual de nosotros mismos, hasta el Adeptado. Apresurémonos hacia esa meta, reconociendo que la muerte no es más que un incidente corporal en el camino. Al hacerlo así, la muerte quedará, en verdad, ‘sumida en la victoria’.
Para nosotros, los hombres, no existe la muerte, porque somos los Hijos Inmortales de Dios. La muerte sólo existe para quien la toma en consideración. Alcanza únicamente al cuerpo físico y al liberarnos de él nos encontramos aliviados en gran manera del poder cegador de la materia, porque este cuerpo y esta materia física de nuestro mundo, nos ocultan las realidades espirituales que contienen, de igual manera que el velo del día nos oculta las estrellas, que brillan siempre.
Conferencia en Cardiff, el 14 de abril de 1935
Geoffrey Hodson
Nuestro tema de esta tarde no puede por menos que tener el mayor interés y la máxima importancia para cada uno de los presentes; porque, ¿quién de entre nosotros no ha experimentado el dolor de la separación, quién no ha sentido el deseo de saber a donde han ido los que amamos, de saber algo de las condiciones de la vida después de la muerte, en la que han penetrado y en la que deberemos aventurarnos todos cuando nos llegue la hora, como inevitablemente debe suceder algún día? En estos trances de la vida humana es donde las enseñanzas teosóficas tienen un poder especial para consolar e iluminar. La Teosofía tiene el poder de consolar, porque afirma, del modo más categórico, que existe una vida más allá de la tumba, que únicamente muere el cuerpo, mientras que el hijo inmortal de Dios, el verdadero ser, sigue viviendo eternamente. La Teosofía reafirma la gran enseñanza de la Biblia que da la solución al problema de la vida después de la muerte en las palabras: “Dios creó al hombre para ser inmortal; a imagen de su propia eternidad Él lo creó”. Aquí, si podemos admitirlo, está la verdadera respuesta a la pregunta de si la vida continúa después de la muerte.
La Teosofía tiene además el poder de iluminar, porque enseña cómo el hombre puede conocer por sí mismo, viviendo aún en la tierra, las realidades de la vida más allá del sepulcro. Enseña que reside en el hombre una facultad por medio de la cual el velo que oculta el mundo invisible a nuestra mirada puede rasgarse, y los hechos y fenómenos de ese mundo, las condiciones de la vida en él, pueden verse, investigarse y comprenderse. Esta amplia visión que es un sexto sentido latente en la mayoría, despierto en pocos, se usará de una manera completamente normal y natural por las razas del porvenir. Cuando ahora se desarrolla y se usa con este propósito determinado, esta facultad capacita a su poseedor para hacer lo que más tarde harán las razas de la humanidad: explorar de primera mano y con una conciencia completamente despierta, los mundos de la vida después de la muerte, reunirse con sus moradores cara a cara y estudiar con científica precisión las condiciones bajo las cuales viven.
Todo esto es atractivo y, si es cierto, importante y exige que se considere con detenimiento. Pero mi tema de esta noche no es éste, por lo cual no puedo dedicarle el tiempo que merecería. Debo rogaros que aceptéis la existencia de esta facultad como una hipótesis susceptible de examen y comprobación a su debido tiempo, porque casi todas las enseñanzas teosóficas relativas a los mundos invisibles se obtienen utilizando esa visión tan amplia como un instrumento de investigación.
Si queréis admitir que existe semejante facultad —no el psiquismo negativo del médium en trance, sino el poder positivo y adiestrado bajo el dominio de la voluntad, lo mismo que lo es en la visión física— si queréis admitir eso, entonces aceptad conmigo que estamos en la habitación de un moribundo, mirando con los ojos la transición de este mundo al siguiente de alguien que muere de viejo o de enfermedad.
¿Qué veremos?
A medida que la hora de la muerte se aproxima, veremos que las fuerzas vitales del cuerpo se retiran de las extremidades y se centran en el corazón, y allí se hacen visibles como un resplandeciente foco de luz. Después de esto, la sensación en los miembros inferiores disminuye mucho. Luego, cuando la muerte se aproxima, las fuerzas vitales se retiran todavía más y se concentran en medio de la cabeza, en el tercer ventrículo del encéfalo, que es el centro de la conciencia del yo durante la vida física.
El moribundo puede aun tener o no conciencia física. Si está inconsciente, en el coma que precede a la muerte, será visible a la mirada clarividente, fuera del cuerpo y en su vehículo superfísico. Este vehículo está constituido por una materia mucho más sutil que nuestro éter y su contorno casi parece exactamente el cuerpo físico; en realidad es su duplicado. Difiere en apariencia del físico en que la materia de que está formado tiene luz propia, de suerte que brilla como si estuviera iluminado desde el interior, y lo rodea una atmósfera visible como luz que cambia continuamente de colores.
Estos colores del aura —como se denomina— corresponden a los estados de conciencia y se ven variar a cada cambio de sentimiento y de pensamiento. En realidad existe una verdadera ciencia a la cual puedo referirme incidentalmente: la ciencia de la correlación de los estados de conciencia con los colores del aura. Un impulso de simpatía hacia alguien que sufra o esté afligido, por ejemplo, tiene el aura de color verde; un esfuerzo intelectual la baña de amarillo. Esta habitación tiene ahora precisamente una gran cantidad de amarillo, que corresponde a la actividad intelectual. Ese color particular se localiza encima y detrás de la cabeza, y probablemente dio origen a la aureola de los santos, si bien en todos se manifiesta durante el proceso mental. El azul denota actividad devocional; el color lila, espiritualidad; el rosa tirando a carmesí, amor. El rojo es el color de la ira y de la irritabilidad; el pardo es el del egoísmo, y así sucesivamente. Como dejo dicho, estos colores son visibles a la vista del clarividente, de suerte que mirando las auras de las personas es posible decidir la clase de pensamientos y sentimientos que expresan habitualmente y descubrir así su carácter y temperamento. Como es natural, este poder no se utiliza, salvo con permiso y con fines de investigación.
De este modo el aura será visible alrededor de la persona que se está muriendo, la cual, físicamente inconsciente, se encuentra ahora fuera de su cuerpo físico, flotando precisamente encima y unida a él por una corriente de fuerzas que fluye del cuerpo y que brilla con una luz delicadamente plateada. Esta corriente va de la cabeza del cuerpo físico a la cabeza del superfísico, conectándolas; y mientras continúe fluyendo, siempre existe la posibilidad de un despertar físico; pero una vez que se ha roto, como en el momento de la muerte, no existe ya posibilidad alguna de volver. Todos los casos de aparentes resurrecciones, en realidad consisten tan sólo en que han despertado los individuos en los cuerpos que no estaban muertos.
El moribundo puede volver temporalmente a su cuerpo, y al abrir sus ojos puede ver alguno de los fenómenos del otro mundo, y referirse a personas que no estén presentes en sus cuerpos físicos. Cuando llega el verdadero momento de la muerte, se ve que el ‘cordón de plata’ se rompe y el individuo se eleva como si quedara libre de una gran atracción. Aunque no estoy absolutamente seguro, me inclino a creer que el momento exacto de la muerte para cada uno de nosotros está fijado, pero ya sea esto así o no, el momento llega, el cordón se rompe, el hombre queda libre de su cuerpo y ya no puede despertarse más en él. Entonces aparecen en él los signos de la muerte. Su labor ha terminado.
En casi todos los casos, el hombre es tan inconsciente de que muere como de que se duerme. Pasa, por así decirlo, en un abrir y cerrar de ojos, de este mundo al otro. Generalmente está ocupado en un proceso de revisión en el que los acontecimientos de la vida que acaba de terminar pasan ante los ojos de su mente en clara perspectiva; las causas y los efectos son correlativos, los éxitos y sus resultados, los fracasos y sus consecuencias. Este proceso de revisión es muy importante, porque de él se destila cierta sabiduría, el fruto de la vida recién terminada. Por esta razón debiéramos estar mental, emocional y físicamente serenos en la habitación del moribundo, a fin de no perturbar con un exceso de aflicción al ser querido en este importante proceso. Él vive ahora en un cuerpo más sutil, el cuerpo de los sentimientos, y por eso es mucho más sensible a las fuerzas del pensamiento y de la emoción. Nuestros pensamientos deberían dirigirse a él en forma de amor y bendición y deseándole progreso interno en los mundos invisibles, pero con calma y dominándose. En Teosofía se nos enseña a considerar, no tanto nuestra gran pérdida como el importante beneficio del que se va; pues beneficio importante es quedar libre del cuerpo físico y de sus limitaciones.
Cuando la revisión antedicha termina, generalmente sigue un período de completa inconsciencia que puede durar de 36 a 48 horas, según la persona. Después despierta en la nueva vida, y el hombre, con frecuencia todavía sin darse cuenta de lo que ha ocurrido, mira a su alrededor. En casi todos los casos, algún amigo o pariente le está esperando; o bien, si no tiene a nadie que le dé la bienvenida a la nueva vida, entonces algún miembro del gran grupo de servidores, cuyo trabajo es éste, sale a recibirlo. Estos servidores son miembros de un numeroso grupo muy bien preparado de auxiliadores, constituido para este trabajo particular de asistir a los recién llegados. Les explican las modalidades de la nueva vida y los ayudan a situarse en ella en la forma más conveniente posible. Pocos, si es que realmente existe alguno, entran en ese mundo sin una mano que les dé la bienvenida y les ayude en las primeras fases de la nueva vida.
¿Cuál será la naturaleza de esta nueva vida?
Sobre esta cuestión debo decir algo que acaso sea difícil de aceptar, pero, puesto que yo sé que es verdad y de gran importancia en nuestro estudio, tengo que exponerlo ante vosotros. Y es que el mundo al cual nuestros amigos han llegado y al que iremos todos nosotros cuando nos llegue la hora, no es ninguna tierra extraña, puesto que vamos allí cada noche mientras nuestro cuerpo físico duerme. Al sueño se le ha llamado con exactitud y veracidad, el hermano gemelo de la muerte. Podemos ir más allá y decir que es lo mismo, porque mientras el cuerpo físico duerme, nosotros estamos despiertos en el cuerpo que usaremos después de la muerte. Nuestros sueños son, en parte, los recuerdos confusos de nuestra vida en aquel mundo, que traemos al despertar. La diferencia entre el sueño y la muerte radica en el hecho de que en el sueño el ‘cordón de plata’ que nos une al cuerpo físico no está roto. En la muerte, el cordón se rompe, y como entonces no tenemos lazo alguno con el cuerpo físico, nos es imposible volver a él. No es, por tanto, un país extraño aquel en el que despertamos a la muerte del cuerpo físico, porque ya lo conocemos bien y, en muchos casos, tenemos allí nuestro sitio y nuestro trabajo.
El siguiente principio general que deseo exponer aquí es que las condiciones en las que una persona se encuentra después de la muerte dependen casi enteramente de su temperamento y de la clase de vida que ha llevado en el plano físico. Cada uno de nosotros vemos el mundo que nos rodea a través de las ventanas de nuestro propio temperamento. El individuo de naturaleza amable y alegre despierta después de la muerte en un mundo amable y alegre; mientras que el individuo melancólico, centrado en sí mismo puede despertar en un mundo apagado, melancólico y un tanto solitario, no porque ese mundo sea triste, sino porque el individuo centrado en sí mismo no inspira amistad, y es incapaz de darla. Felizmente, la pena del aburrimiento y del aislamiento que esos individuos se han creado inconscientemente los estimula a cambiar de actitud hacia la vida.
Al pasar ahora de la explicación general a la particular, la investigación clarividente revela en los recién llegados una tendencia a continuar en la nueva vida las formas sutilizadas de aquellas ocupaciones que más atractivo tuvieron para ellos en la tierra. Así, el investigador científico, cuyo ideal en la tierra era ir en pos de la verdad, se encuentra con que puede seguir buscando la verdad allí como aquí. Observa, además, que sus investigaciones son mucho más fructíferas allí que aquí, porque ha dejado el mundo de materia más densa, es consciente en una substancia mucho más sutil y está más cerca del mundo de las causas; y es en la conciencia superior y en el mundo de las causas donde moran la verdad y la comprensión. Se da cuenta de que muchos de los factores en la estructura de la materia y en la evolución, que antes se le ocultaban, ahora se le revelan objetivamente. Las leyes y las fuerzas bajo las cuales los átomos se combinan de cierta manera para formar las moléculas de los distintos elementos, el desarrollo de la célula desde el protoplasma de la célula simple al hombre, el gran misterio para el biólogo, se comprenden más claramente allí, porque la operación de la mente Divina y sus manifestaciones en las formas pueden observarse en todas partes. Las corrientes de fuerzas dimanantes, de las cuales este mundo físico es un producto ilusorio, son visibles como tales en el otro mundo. Los grandes ingenieros del Logos, los seres que dirigen la corriente de estas fuerzas operando y administrando los procesos y las leyes de la Naturaleza, las huestes angélicas, pueden verse trabajando y puede aprenderse mucho de ellas. El investigador científico se encuentra así en un mundo en el que su trabajo es mucho más fructífero que en la tierra. Se encuentran grupos de hombres de ciencia que se reúnen por afinidad de temperamento, absorbidos en su acostumbrada búsqueda de conocimiento, equipados con laboratorios, observatorios y estaciones de investigación, y no sólo investigando, sino enseñando también. Porque como allí continúa la educación, los que se dedican a ella, como los hombres de ciencia y todos los demás trabajadores especializados, cuidan de seguir sus propias inclinaciones, emplean su tiempo en aclarar los problemas que encuentran en su trabajo, y lo elevan a un estado de perfección superior al que era posible en la tierra. Muy a menudo las ideas así descubiertas en el mundo interno son recogidas por ciertas mentes encarnadas aquí en la tierra, pues existe considerable comunicación o intercambio de pensamientos entre los moradores de los dos mundos.
De igual manera, el artista, para quien la belleza es la meta, encuentra que en aquel mundo su búsqueda puede llevarse más cerca de su consumación de lo que era posible en el mundo de materia física densa. Si se trata de un pintor o de un escultor, ya no necesita por más tiempo los apagados pigmentos de la tierra para reproducir sus visiones, sino que espontánea y automáticamente, la materia sensible del otro mundo asume las formas apropiadas a su pensamiento. Y no sólo se objetiviza su visión ante él, sino que encuentra, para su mayor gozo, que puede refinarla y volverla a modelar, hasta que se logra la relativa perfección. Y puesto que los grupos se atraen unos a otros en ese mundo por afinidad de temperamento más que por relaciones familiares o raciales, se encuentra más cerca de su propia clase como miembro, probablemente, de uno de los muchos grupos de trabajadores similares dedicados a buscar la belleza y a descubrir a través de ella su yo superior.
Para el músico también se abre un camino más amplio, una comprensión más profunda de su arte. La música tiene en los planos ocultos aspectos de los cuales normalmente conocemos poca cosa aquí abajo. El músico encuentra, por ejemplo, que la música allí no se oye tanto como se ve. Si la música física se observa clarividentemente, se ve que produce formas en la materia resplandeciente luminosa de por sí de los mundos ocultos. Esta materia viva y sensible se somete a las formas cambiantes e irisadas por el sonido y la finalidad de la música. En los planos ocultos, además, puede escucharse el verdadero Canto de la Creación, aquella Palabra de Dios, siempre revelada, que es el tema de la gran Sinfonía de la Creación.
Esta sensibilidad exquisita de la materia de los mundos ocultos a todo cambio de pensamiento y de sentimiento es uno de los primeros descubrimientos que hace el estudiante cuando sus ojos internos se abren. Encuentra, como lo hacen aquellos que penetran en esos mundos después de la muerte, que el pensamientos es un enorme poder, capaz de afectar las vidas de los demás, así como de ayudarle a él en su camino, si lo utiliza debidamente.
El reformador, el servidor, el sanador, el médico, todos encuentran, si pueden entrar en él, un mundo nuevo de servicio que se abre ante sus ojos. Si el médico posee el verdadero espíritu de curar, encontrará que llegan a él en busca de ayuda hombres y mujeres con mentes torcidas y sentimientos atormentados, personas que han muerto con la conciencia inquieta, con deberes abandonados o sin realizar, con vicios no dominados, siniestras visiones, complejos y otros desórdenes psíquicos. Esas condiciones son más motivo de dificultad allí que aquí, porque aquel es el mundo de la emoción. Las personas así perturbadas tienen gran necesidad de los servicios de un médico. Existe en realidad un gran número de trabajadores dedicados a esta tarea de poner a tono y rearmonizar a aquellos que lo necesitan.
El hombre de negocios, durante los primeros días después de su traspaso, tiende a gravitar por la fuerza de la costumbre sobre sus antiguos asuntos comerciales; pero pronto se da cuenta de que no puede afectar a sus colegas. Ellos no responden a su presencia o a sus pensamientos. No saben siquiera que se halle presente entre ellos. Felizmente, sin embargo, los más amplios intereses y la mayor libertad en que se desenvuelve la nueva vida, el cuerpo más sensible y animado que utiliza, su convencimiento de que los mayores motivos de negociar aquí no existen en su nueva esfera y que, por consiguiente, no hay mucho de que ocuparse en este asunto, pronto alejan de sí sus preocupaciones físicas. La vida después de la muerte, en realidad puede ser el principio de una libertad mucho más amplia y maravillosa, porque las necesidades apremiantes de los negocios que, indudablemente para nuestro bien, nos ocupan aquí y tienden a esclavizar nuestro pensamiento y nuestros sentimientos en las cosas materiales, deja de existir.
Los alimentos, por ejemplo, una de las causas primordiales del comercio y el esfuerzo personal en este plano, dejan de tener significado allí, porque todo el alimento que nuestros cuerpos sutiles necesitan se absorbe automáticamente de la atmósfera. El aire, allí como aquí, está cargado con la fuerza vital Divina que dimana a través del sol y que contiene todo lo que se necesita para el sustento del cuerpo en aquel mundo. El proceso completo de su absorción y asimilación es tan inconsciente como la respiración en el plano físico. La alimentación, por lo tanto, no es un problema allí, y su provisión no es motivo de actividad comercial.
El vestir se realiza con el pensamiento. Puesto que la materia del otro mundo responde instantáneamente al pensamiento, pensar que se está vestido, es estarlo. Aunque se encuentran personas con distintos atavíos a la moda de su propio tiempo o raza, la prenda más generalizada parece ser una especie de vestido suelto, cuyos colores y adornos pueden cambiar instantáneamente a voluntad.
¿Traslación?
También nos movemos impelidos por el pensamiento. Pensar que se está en un lugar es desplazarse allí rápida o pausadamente, a voluntad, por un delicioso movimiento de suspensión, como si se volara. Los sueños en los que el cuerpo es ligero y se eleva con facilidad, como si se deslizara despacio o aprisa a través del aire, son frecuentemente recuerdos del modo normal de moverse en el mundo de la vida después de la muerte.
La vivienda, el cuarto de los grandes motivos de los negocios y del esfuerzo en el plano físico, se crea también con el pensamiento en el otro mundo. Allí, como aquí, la gente se agrupa en casas y ciudades. La vida privada se necesita en el otro mundo lo mismo que en la tierra, pero no es preciso defenderse del clima, pues nuestras adversas condiciones climáticas no se reproducen allí.
Así pues, la vida en ese mundo es tan variada y fascinante como la vida en esta tierra; en realidad mucho más, porque allí no solamente existe una casi interminable variedad de actividades a elegir, sino que cada actividad puede continuarse más allá y por un período más largo que en la tierra, donde se interponen ciertas apremiantes necesidades. Allí, por ejemplo, no sólo existen centros infantiles, servicios para los recién llegados y para aquellos que lo necesitan, sino además todas las actividades corrientes y saludables de los seres humanos que buscan más luz y alegría y ser más útiles, siguiendo los caminos del conocimiento, el amor y la belleza. También hay centros religiosos y al entrar en una iglesia en aquel plano se percibe que la religión eleva al creyente a alturas muy superiores a las que se alcanzan generalmente en la tierra. Esto, en parte, se debe a que los objetos del culto son visibles, porque se crean con el pensamiento, y en parte porque la emoción es allí mucho más pura y poderosa. En la parte oriental de la iglesia no habrá símbolos ni ventanas con vidrieras de colores, sino imágenes vientes, quizá de los salvadores del mundo, de los santos o de las huestes angélicas. Éstos no son fantasmas creados por la mente humana, sino vívidas representaciones en las que sus grandes Originales derraman algo de su Amor y de su Conciencia, y que Ellos emplean como canales para la efusión de Sus bendiciones y de Su poder. Y como todo esto es visible allí para los fieles, los servicios religiosos evocan un fervor y una respuesta de tal profundidad que rara vez se experimentan aquí abajo, e infunden una creencia religiosa basada mucho más en la experiencia vivida que en la fe ciega.
Esas son las condiciones generales que todos nosotros encontraremos sin duda cuando nos llegue la hora de ir allá o cuando alcancemos el poder de ver clarividentemente aquel mundo desde éste. Esta descripción de las condiciones normales podría completarse añadiendo alguna información sobre lo anormal. Para los suicidas, por ejemplo, parece que hay al menos tres variedades de experiencias después de la muerte. El que se suicida por un motivo noble y desinteresado, después del choque que generalmente acompaña a la muerte repentina, se fija en la nueva vida bajo las condiciones normales descritas anteriormente. En estos casos no suele haber coma alguno ni tiempo para que la persona pueda reajustar su conciencia a las alteradas condiciones de su vida según el procedimiento corriente, pero la misma pureza de su conciencia le ayudará a hacer ese reajuste y a ver en su verdadera perspectiva los hechos de su nueva vida cuando abra sus ojos a ella.
Los suicidas de la segunda clase, menos dignos porque las causas del hecho fueron más egoístas, quedan sumidos en un vacío inconsciente, tan pronto como abandonan el cuerpo físico, y permanecen en ese estado hasta el momento en que su muerte ordinaria se hubiera producido. Después, por la actuación de alguna ley del ritmo, despiertan y ocupan su puesto en la nueva vida. Este hecho de despertar cuando el término natural de la vida física debiera de haber ocurrido, es el que me ha hecho creer que el momento de la muerte está fijado —por nuestra propia conducta, desde luego— que, aparte de acontecimientos anormales, tales como el suicidio, existe un momento natural para la muerte fijado para cada uno de nosotros.
La tercera clase de suicidas es menos envidiable todavía. Comprende aquellos hombres más bien toscos y sensuales que se han suicidado en la flor de la vida, a menudo instigados a ello por la pasión o por el miedo. En la nueva vida están todavía encadenados a las cosas de la tierra; sus toscos deseos los tienen todavía amarrados a la tierra; pueden ver el duplicado del plano físico en materia más sutil, e incapaces de liberarse de ello, viven en el mundo intermedio entre este mundo y el otro. Guiados por deseos y pasiones que no pueden satisfacer plenamente, procuran satisfacerlos penetrando en lugares donde se realizan excesos sensuales en el plano físico, uniendo sus conciencias con las de los beodos o sensuales que allí se dedican al vicio. En esas circunstancias la gente del plano físico experimenta una intensificación de sus deseos, de suerte que la relación, aunque lo ignoren, es tan perjudicial para ellos como para las almas apegadas a la tierra que obtienen satisfacción por su medio.
Para el teósofo, en posesión de este conocimiento, el suicidio siempre es un error. El suicidio no resuelve problema alguno, e indudablemente da origen a otros, con lo cual complica la situación de la que intentó escapar por ese medio. Porque al final toda obligación debe cumplirse, toda deuda pagarse, todo dolor trascenderse. “Dios no puede ser burlado; porque todo lo que el hombre siembre, eso mismo recogerá.” Por lo tanto, es mucho mejor soportar una situación por muy dolorosa que sea, que no intentar evadirse para perpetuar e intensificar sus dificultades. El suicidio intensifica las dificultades porque trae la complicación adicional del propio asesinato, cuya reacción kármica puede afectar de un modo adverso las encarnaciones sucesivas.
La persona que muere dominada por un vicio, desde luego, pasa un período desagradable, porque ahora vive en su cuerpo emocional, y por ello experimenta su deseo particular con una intensidad desconocida para él cuando la materia de su cuerpo físico la reducía o la amortiguaba en gran parte. Sin medio alguno de satisfacer ese vicio, necesariamente se abrasa en él, con frecuencia durante semanas y meses de agudos sufrimientos.
Si existe un infierno en alguna parte, es esta condición de intenso deseo imposible de satisfacer. Ese infierno presenta al menos cuatro diferencias con el infierno de la religión ortodoxa. Primera: que no es un lugar, sino un estado de conciencia, como también lo es el cielo. Según el estado de nuestra conciencia, podemos hallarnos en uno o en otro, dondequiera que se encuentren nuestros cuerpos. Segundo: este sufrimiento no se impone como castigo después de un juicio por una autoridad externa, sino que lo producimos nosotros mismos, como sucede con todos los sufrimientos y todas las alegrías. Son las cosechas materiales y automáticas, procedentes de lo que antes hemos sembrado. Tercera: el sufrimiento causado por un deseo insatisfecho no es un castigo eterno. Ni siquiera un padre humano sería tan ilógico y cruel como para condenar a su hijo a un castigo perpetuo por un pecado cometido en determinada ocasión. Al contrario, lo que tiene principio debe tener fin. El sufrimiento, después de la muerte, como resultado de un vicio no dominado, sólo dura mientras subsista la energía empleada en satisfacerlo. Cuando ésta termina, el hombre se libera del sufrimiento y emprende su nueva vida. La última de las diferencias entre esta condición y la que usualmente se asocia con la idea ortodoxa del infierno, es que semejante sufrimiento no significa una futil experiencia. Al contrario, puede ser fructífera en extremo. Pues por su intensidad se graba casi de manera permanente en la conciencia del que sufre, el cual, al darse cuenta así de la causa y del efecto, aprende su lección desde entonces para siempre. Esta comprensión del hombre interno afectará su próxima vida, en la cual nacerá probablemente con una intensas repugnancia hacia aquella forma especial de desenfreno. Sin duda por esta razón las condiciones inmediatas más allá de la tumba se consideran como el purgatorio.
Para terminar, voy a agregar algunas palabras respecto al niño después de la muerte. Para aquellos que han experimentado la desgracia más difícil de sobrellevar, la pérdida de un niño, quisiera decir que si pudiérais ver lo feliz que el niño es allí donde ha ido, vuestro dolor quedaría enormemente aliviado. En el otro mundo, la vida del niño es deliciosa, alegre, llena de gozo. Los niños se cuidan allí tan tiernamente como podrían cuidarlos los más sabios y bondadosos padres por parte de aquellos que en aquel plano se han dedicado a semejante servicio, y a quienes ayudan con frecuencia miembros de las huestes angélicas. Hay centros infantiles en el mundo interno. Existe una combinación de hogar, escuela y colegio en hermosos parajes donde se guía, se educa y se ama los niños. Sus parientes y amigos van hacia los niños durante el sueño, y algunas veces ayudan en el plan de estudios de su nuevo hogar. Los niños no han perdido, por tanto, la compañía de aquellos a los que aman, y conocen poco el dolor o la pérdida.
El niño, después de la muerte, o bien completa el ciclo normal de la vida pasando por los planos emocional y mental, para volver al Ego, o reencarna rápidamente. En el primer caso, desarrolla una madurez juvenil, muy hermosa, de aspecto muy refinado, delicadamente espiritualizada, con ojos dulces y luminosos. Después, en la segunda muerte, como se denomina algunas veces, el cuerpo emocional se abandona y la conciencia funciona en el cuerpo mental, donde alcanza una felicidad y una paz todavía más completas. Ese estado corresponde al Paraíso de la ortodoxia. En él, los niños cosechan, como todos los que completan el ciclo de nacimiento y muerte, los frutos de todas las aspiraciones idealistas y espirituales, y cuando éstas se han logrado, el cuerpo mental se abandona, y la conciencia que ha realizado la peregrinación se retira a su propio ser interno, enriquecida y desarrollada con todas las experiencias que ha experimentado.
La encarnación rápida, sin embargo, parece ser casi general en el caso de los niños muertos jóvenes. Alguna deuda con la Naturaleza, en la que se ha incurrido por una transgresión en una vida anterior, el suicidio tal vez, tiene que pagarse ahora. Entonces se abre el camino para volver de nuevo con éxito a la encarnación física, conservando los mismos jóvenes cuerpos mental y emocional. Con frecuencia se da el caso de que los padres son los mismos, y la madre queda embarazada de nuevo al cabo de dos o tres años de la pérdida anterior. Muchas madres parecen saber instintivamente que el mismo Ego ha vuelto a ellas. Muchas me han asegurado esto y me han hablado de su interés y placer cuando notan que la semblanza y las maneras del nuevo hijo confirman en parte esa intuición. La nueva encarnación sigue luego su curso normal.
Así, vemos que en la pérdida de un niño, aunque inevitablemente dolorosa, existe en realidad poco motivo para afligirnos. Aun cuando nuestros pequeños no vuelvan a nuestros brazos, no los hemos perdido; están con nosotros, como lo están todos nuestros muertos queridos, aquí y ahora, a nuestro alrededor, pero temporalmente fuera de nuestra percepción. Aunque no podamos verlos, por carecer de la visión necesaria, no han desaparecido para siempre, ni han cesado de existir. Si realmente los amamos, nuestro yo inmortal es uno con ellos, para toda la eternidad, y cuando dormimos tenemos su compañía personal. Cuando nos llegue la hora de entrar en los mundos superiores, los encontramos y al reunirnos con ellos nos daremos cuenta de la indefectible unidad de todos los que realmente aman.
Y sea éste nuestro último pensamiento: En la muerte nada hay que temer. Rara vez un individuo es consciente del acto de abandonar su cuerpo. Se desprende como en el sueño, tranquila y sosegadamente, sin dolor. La muerte no es sino liberarse para entrar en una vida más hermosa. El nacimiento no es un principio. La muerte no es un final. Tanto el uno como la otra, sólo son incidentes que se repiten con frecuencia en la larga serie de vidas, por medio de las cuales ascendemos hasta el completo conocimiento espiritual de nosotros mismos, hasta el Adeptado. Apresurémonos hacia esa meta, reconociendo que la muerte no es más que un incidente corporal en el camino. Al hacerlo así, la muerte quedará, en verdad, ‘sumida en la victoria’.
Para nosotros, los hombres, no existe la muerte, porque somos los Hijos Inmortales de Dios. La muerte sólo existe para quien la toma en consideración. Alcanza únicamente al cuerpo físico y al liberarnos de él nos encontramos aliviados en gran manera del poder cegador de la materia, porque este cuerpo y esta materia física de nuestro mundo, nos ocultan las realidades espirituales que contienen, de igual manera que el velo del día nos oculta las estrellas, que brillan siempre.
Conferencia en Cardiff, el 14 de abril de 1935
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